Por derecho

Martín Serrano

Domingo de 'laetare'

MAÑANA es domingo de laetare. Cuando acabamos de pasar el ecuador de este tiempo de penitencia, la liturgia tiñe de rosa la morada casulla cuaresmal y proclama, al inicio de la misa, Laetare, Ierusalem; alégrate, Jerusalén. Como la vieja saeta cantada a la Macarena -ponte la cara bonita, mira que todos sabemos que el domingo resucita- como un ministro del gobierno, nos recuerda la Iglesia cuál es la finalidad de las privaciones y sacrificios que nos exige durante este período. Y uno ha de preguntarse si sigue teniendo sentido este recordatorio, a la vista del escaso seguimiento de las prácticas penitenciales. Más bien debería advertirnos de que ya queda poco para que esto se acabe y de que algo más de mortificación sería esperable de quienes tanto vamos a disfrutar en unos días. Pero no es ese el argumento del artículo.

Considerando la alegría que preside este domingo cuaresmal, repaso las últimas entregas de mis comentarios por derecho, la mayoría críticos con determinados aspectos de la vida cofradiera sevillana. No me arrepiento de la línea seguida. Ayer hablaba el Fiscal de decadencia y atinaba de nuevo. Hay mucho que corregir y mejorar en las hermandades. Pero hoy sólo quiero resaltar lo que de positivo para la Iglesia y para la vida de cada uno de nosotros aportan las cofradías: testimonio de fe, vocaciones sacerdotales y religiosas, culto y fomento de la religión, caridad solidaria, llamada a una vida mejor, pero también riqueza, placer estético, evocación de nuestra infancia, arraigo, identidad. Pienso además en todos esos cofrades que se desviven por ofrecer a sus Titulares, a sus hermanos y a Sevilla entera lo mejor de sí mismos, impagables portadores de tanta felicidad. Por ello, y por muchas cosas más, sólo cabe, en el día del gozo cuaresmal, elevar una súplica, secundando la atinadísima petición arzobispal: que llueva, que llueva a mares, pero que desde el viernes de dolores al domingo de resurrección, nos venga, por favor, una clarita.

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