la ciudad y los días

Carlos Colón

Don Camilo y el caldito de palomas

NI a Giovanni Guareschi se le habría ocurrido este episodio. Todo ha sucedido en el pequeño mundo de un pueblo granadino. En el papel de Don Peppone, el alcalde comunista siempre de riña con el párroco, están los ecologistas que han denunciado al cura del pueblo por cargarse las palomas a perdigonazos disparados de noche desde el campanario. Además de señalar que para librarse de estos molestos animales existen métodos más incruentos homologados por las administraciones responsables y que no está permitido disparar perdigones a pájaros o a cualquier otro tipo de animales, los ecologistas han llamado la atención sobre el peligro que para los lugareños representan estos perdigonazos disparados en la oscuridad nocturna desde la altura del campanario parroquial.

En el papel de don Camilo está el cura colombicida que tan poco aprecio muestra por el animalito que tanta importancia tiene en la simbología cristiana desde Noé hasta Pentecostés. Como si estuviera poseído por el humor caballuno de Fernandel, que tantas veces interpretó a don Camilo, el párroco ha respondido a los ecologistas que no mata las palomas a perdigonazos; las coge a mano para después eliminarlas de la forma en que menos sufra el animal. Como no especifica cuál sea esa piadosa manera de enviarlas al cielo que San Francisco tiene reservado a los animalitos caben todas las interpretaciones, desde el tradicional retorcimiento de pescuezo hasta otras más desagradables que los pobres pavos conocían bien cuando llegaban las navidades, los afiladores hacían saltar chispas de sus piedras y las cocinas olían a plumones chamuscados.

También ha precisado que no las mata por maldad o diversión, sino por imperativo patrimonial y gastronómico. Hasta 600 palomas okupas se habían llegado a instalar en la torre de su iglesia, produciendo con sus corrosivos excrementos los daños de todos conocidos. Hasta aquí el hombre ofrece un argumento ampliamente compartido.

Lo mejor llega cuando, para tranquilizar a los ecologistas y a sus parroquianos, añade que las palomas difuntas le sirven -según sus propias palabras- "para hacer un caldo que resucita muertos". Y presumiendo que al oírlo alguien pueda poner cara de asco, añade: "En las ciudades es una temeridad comer palomas porque se alimentan de cualquier cosa, pero en esta zona no hay problema porque al haber campo alrededor comen maíz, trigo y guisantes". Es decir que son palomas pata negra alimentadas con los mejores productos naturales de la zona. Verdaderamente los ecologistas demuestran poca sensibilidad hacia lo que este don Camilo andaluz hace por el patrimonio y la gastronomía.

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