La esquina

Don Vito y Mariano

MIENTRAS el sumario del caso Correa (vamos a dejar lo de Gürtel para los alemanes) era cuidadosamente filtrado a los medios más amigos -del poder-, en el Partido Popular se quejaban de la indefensión que eso producía a sus dirigentes y militantes que aparecían implicados. Bueno, ya se acabó el problema: levantado, en parte, el secreto sumarial, todos pueden saber qué se les imputa y defenderse en consecuencia.

Ahora el problema es peor: cómo defenderse de un escándalo tan evidente, tan lamentable y tan cutre. Los presuntos delitos cometidos por decenas de personas vinculadas al PP se demostrarán en los tribunales o no -supongo que unos sí y otros no-, pero lo que las 17.000 páginas sumariales conocidas sí han demostrado ya, con informes, documentos, conversaciones telefónicas y declaraciones ante jueces, es que a la sombra de este partido se montó un tinglado de corrupción cuyos agentes promotores se movían con la impunidad que el poder otorga a quien lo disfruta.

Creerse impunes es lo que hace a Francisco Correa bromear sobre sí mismo ordenando que en la contabilidad B de sus empresas -allí donde se disfraza el color de la manteca que se trinca y se reparte- se le identifique como Don Vito, en sinécdoque deseada de padrino de las tramas mafiosas. En este caso, el padrino de una red de conseguidores y logreros que obtuvieron favores (organización de actos, mediaciones urbanísticas, comisiones por contratas) de gobernantes y personajes influyentes del PP en varias comunidades autónomas. Favores a cambio de dinero y regalos, esporádicos o permanentes.

Cualquier partido que gobierna, y más mientras más tiempo de corrido gobierne, está expuesto a que en su entorno se organicen diversas tribus de trepadores y aprovechados. No es eso exactamente lo que debe preocupar al Partido Popular. Pasa en las mejores familias (¡hasta en la familia Aznar-Agag!). Lo grave es que no se aparte a aquellos miembros del partido que se han dejado contaminar por una trama corrupta, que se haga la vista gorda con quienes han aceptado gustosos la relación incestuosa de la política con el dinero y que se vea con normalidad la continuidad de militantes, y aun dirigentes, que han probado con sus actitudes, gestos y palabras que no han acudido al partido por convicciones ideológicas o para servir a unos ideales, sino para asegurar su propio bienestar y sus caprichos de triunfadores desahogados.

Que Mariano (Rajoy) continúe silbando y recomendando indiferencia a los militantes del PP ante estos hechos es lo preocupante, no que Correa se haga llamar Don Vito, que ponga en nómina a Agag o que Ricardo Costa construya su figura de pijo a base de regalos caros.

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