PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

Doñana 1 o Daimiel 2

EL Parque Nacional de Doñana y los parajes de su entorno son muy visitados en este puente de Constitución laica e Inmaculada con tunas. Excursiones en las que se comprueba con estupor el estrago de la sequía, con humedales completamente secos como la laguna de la Dehesa de Abajo, y se coincide de modo imprevisto con cazadores que son la antítesis de lo que uno espera encontrar en espacios naturales protegidos y tutelados por el Gobierno autonómico. Ante los escopetazos, media vuelta y a otro lugar menos salvaje... No me extraña que Ecologistas en Acción haya denunciado la cruda realidad de la caza de aves en los arrozales a los que acuden para buscar alimento porque se encuentran yermas las marismas a las que llegan para hibernar, con o sin pasaporte de pedrigí europeo.

Doñana, como Reserva de la Biosfera, es un icono del que se presume a nivel gubernamental, y un centro de investigación biológica de primera categoría internacional. Pero no es aventurado, porque muchos expertos lo están avisando, alertar sobre el peligro de que pueda acabar como las Tablas de Daimiel, vergüenza mayor del reino. Peor que la sequía es la sobreexplotación de los acuíferos subterráneos, chupándole, cual vampiros de mil pozos ilegales desde terrenos de Almonte, Villamanrique, etcétera, el líquido elemento que sustenta el equilibrio ecológico de todo vegetal y animal. Que no sólo se vive de linces criados en cautividad y atropellados en carretera.

Analistas del cambio climático pronostican que la subida del nivel del mar puede convertir parte del coto en una marisma mareal. Mientras eso se debate en Copenhague, Doñana y su comarca son un observatorio privilegiado, para lo bueno y para lo malo, sobre el difícil equilibrio entre dos necesidades: desarrollo económico y conservación de ecosistemas. Confío en que nuestros nietos, cuando salgan de puente, no tengan más excursión que ver cómo son los campos de fresas sobre arenas de antiguas dunas.

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