¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

Dragones y lagartos

NOS gusta el apellido Puigdemont, quizás porque su sonoridad nos recuerda al fallecido y añorado Carlos Puig y García de Leániz, pintor heráldico, productor de TV e inolvidable paseante en corte. Puigdemont es linaje que bien podría pertenecer a esa relación de caballeros andantes que colonizaron la mente enferma de Alonso Quijano hasta convertirlo en un demente. El mismo hidalgo los nombra y convoca en el famoso capítulo XVIII de la primera parte de su novela, el del combate con el rebaño de ovejas que transita por una polvorienta cañada de la Mancha: el valeroso Laurcalco, el temido Micocolembo, el nunca medroso Brandabarbarán de Boliche, el siempre vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona, etcétera... Parece que en cualquier momento el verbo alucinado de nuestro señor don Quijote va a tronar: "y ese de allí de las gafas, Sancho amigo, es Puigdemont, matador de dragones".

Quizás excitado por los vapores del cuarto centenario de la muerte de Cervantes, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha aprovechado el día de Sant Jordi, ejemplo de caballeros cristianos, para arengar a las huestes catalanas con el fin de que se hagan respetar "frente a los dragones feroces, que son muchos". Identificar al gobierno de Rajoy o al Tribunal Constitucional con el mitológico y sulfúrico saurio no deja de ser una exageración un tanto cómica, muy del gusto del Manco de Lepanto. Ande sin cuidado el Honorable que, como mucho, esos dragones no son más que pacíficos lagartos que calientan sus cuerpos al sol y se alimentan en las tomateras de la política. Como ha dicho con increíble acierto el shérif García-Albiol, transfigurado en esta ocasión en cura, barbero, ama o sobrina: estas cosas no son más que "solemnes tonterías". Boberías, diríamos nosotros para darle al vocablo una suavidad meridional.

Hasta ahora, Sant Jordi era una plácida fiesta, un tanto dada a la cursilería, en la que los catalanes se regalaban rosas y libros. Nunca entendimos bien ese pie forzado, porque nosotros preferimos que nos agasajen con una ristra de ajos de Las Pedroñeras o un queso majorero antes que, por ejemplo, con una novela de Murakami. Sin embargo, Puigdemont quiere convertir ahora este día en una especie de torneo contra quimeras y molinos de viento. Nunca el nacionalismo catalán tuvo una metáfora más acertada.

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