La ciudad y los días

Carlos Colón

Duelo y luto

LITERALMENTE duelo quiere decir, en su primera acepción, dolor, lástima, aflicción o sentimiento; en la segunda, demostraciones que se hacen para manifestar el sentimiento que se tiene por la muerte de alguien; y en la tercera, reunión de parientes, amigos o invitados que asisten a la casa mortuoria, a la conducción del cadáver al cementerio o a los funerales. En psicología se llama duelo al período de tiempo y los mecanismos de adaptación que hacen posible que se acepte la pérdida de un ser querido sin recordarlo obsesivamente ni olvidarlo, integrando su ausencia en la reanudación de la normalidad cotidiana. Las culturas tradicionales llamaban a este tiempo luto y establecían rígidamente su duración y sus ritos. Las contraculturas supuestamente emancipadoras lo abolieron. Y los psicólogos tuvieron que restablecerlo, con los medios y métodos que les son propios.

Ayer terminaron los tres días de luto oficial decretados por el Ayuntamiento de Gines para expresar el dolor producido por el asesinato del joven de 19 años Juan Fernando Martínez en la pasada Feria. Como soy padre, y la víctima tenía la edad de mi hijo menor, sé que el duelo y el luto de sus padres no han hecho sino empezar para no terminar nunca. Nadie, más que los suyos, puede acompañarles en este camino. Nadie lo hará, tampoco. "Sólo los suyos tienen derecho a llorar a sus muertos", escribió Pasolini. Este derecho se deriva de la constatación de un hecho: sólo los suyos recuerdan a sus muertos más allá del breve impacto colectivo que suscitan las muertes trágicas.

La última jornada de luto oficial por Juan Fernando Martínez se cumplió cien días del asesinato de Marta del Castillo; y un día antes del asesinato del joven se suspendió la búsqueda de su cuerpo en el vertedero de Alcalá. Los padres de Marta ni tan siquiera pueden enterrar el cuerpo de su hija para iniciar el interminable duelo por su hija muerta. Su asesino confeso y sus presuntos cómplices siguen jugando con la ley, burlándose del dolor colectivo y torturando a los padres.

Como nuestro editorial de ayer, creo posible, y hasta necesario, relacionar ambos asesinatos. Porque los dos tienen que ver, se decía en él, con una juventud sin referentes y con una crisis de valores iniciada hace décadas. Yo le pondría una fecha simbólica al inicio de esta crisis: 1968. Otros pondrán las suyas. Pero todos estaremos de acuerdo, como concluía el editorial, en que "hace falta que la sociedad entera se esfuerce para mejorar la educación de nuestros adolescentes". Porque sólo la educación en conocimientos y valores nos diferencia de las bestias.

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