La tribuna

miguel A. García Mercado

Educación diferenciada y coeducación

LLEVO un cuarto de siglo dedicado a la enseñanza. Casi todos esos años en la enseñanza pública, donde vuelvo a encontrarme en la actualidad. Durante cuatro años he trabajado en la educación diferenciada. En ambos tipos de centros he sido director y profesor. Sobre uno y otro modelo educativo me parece que puedo tener una opinión más o menos formada. Intentaré manifestarla, por si sirve, ante la particular borrasca que sufre la materia en nuestra comunidad.

Mi conclusión acerca de ambos formatos resulta clara: los dos son respetables, ofrecen ventajas e inconvenientes y se manifiestan útiles.

Puesto que la polémica, que lleva camino de conducir a la eliminación de esos centros subvencionados en Andalucía, implicará un grave perjuicio a los alumnos y alumnas que acuden a esos centros educativos, me gustaría desmentir tres afirmaciones:

Primera, en ningún momento la educación diferenciada implica segregación como pretenden indicar aquellos que la critican. Llamar a alguien de modo distinto a como se presenta ya me parece un acto de mala conciencia y falta de diálogo. Segregar (algo que nos suena al apartheid) es rechazar a personas. La mayoría de estos centros tienen un equivalente masculino o femenino. A nadie que quiera optar por este modelo de enseñanza, sea varón o mujer, le faltará donde obtener su plaza. Si segregar es diferenciar, establecer criterios, también nosotros segregamos en la enseñanza pública. Por ejemplo, por edad. En mi centro no podemos admitir a un alumno de 20 años o de 8. ¿Segregamos?

En segundo término, tampoco se trata de una enseñanza que propicia la violencia contra la mujer. Eso es un gran error. Llevo más de veinte años trabajando en ética acerca de la problemática de la igualdad y he encontrado, por desgracia, más dificultades entre los alumnos de centros públicos que entre los de la diferenciada. De hecho, el sentido, la razón de la educación diferenciada, radica en la diversidad de ritmos madurativos y de aprendizaje entre varones y mujeres desde la preadolescencia a la juventud. Esas diferencias existen y nadie las cuestiona con un mínimo de rigor.

Les pondré un ejemplo que he comprobado estadísticamente en estos años. En el final de la Secundaria y el Bachillerato, cuando se forman grupos de alumnos libremente, son siempre grupos (pequeños y grandes) de chicos o de chicas. Sólo se forman agrupaciones estables de índole coeducativa por tres motivos: porque algunos salen juntos, porque proceden de la exclusión de los demás (no han llegado a tiempo a formar el grupo que querían o son alumnos con alguna dificultad de integración), o porque yo mismo he fomentado que los grupos integren chicos y chicas.

En igual línea, ahora, cuando escribo, nos encontramos en un momento sin clase, porque los alumnos de 2º de Bachillerato se van a hacer la tradicional foto para la orla. Mientras los llaman, están en el aula conmigo. Las chicas han venido muy arregladas; los chicos igual que todos los días. Los chicos están hablando de sus temas; las chicas se hacen fotos unas con otras para ponerlas en las redes sociales. No se mezclan necesariamente. Unas veces lo hacen, otras no. Me gustaría sacarles una foto del recreo. Podrían comprobarlo.

En tercer lugar, y esto parece probablemente lo más triste, los centros a los que se va a dejar sin subvención no son elitistas. Claro que hay centros elitistas (en cuanto que exigen a los padres pagos superiores) de este tipo, como los hay coeducativos. Ni más ni menos. Pero los que han quedado en el ámbito concertado son centros a los que van alumnos y alumnas de extracción humilde, cuyos padres se han movilizado para defender esos centros tal como están ahora. No hay excusas sociales, sólo ideológicas.

La educación permite modelos diferentes según prefieran los padres, tal como recoge expresamente la Constitución. Tras años de llevarlos a los tribunales, no se ha conseguido que se declare improcedente este tipo de educación. Se ha logrado una triquiñuela legal -no tiene otro nombre- para que los tribunales reconozcan que no hay obligación de subvencionar esos centros (como no la hay de subvencionar centros bilingües o centros para la enseñanza o el perfeccionamiento de la informática. Al igual que no hay obligación de subvencionar el Bachillerato o la Formación Profesional superior). Esto es un aviso para navegantes.

Si se consolida la decisión en pro de retirar esas subvenciones, el resultado habrá de ser una pérdida para el conjunto de la sociedad. Se trata de centros que funcionan bien, que demuestran la conveniencia de permitir ciclos diferentes de ayuda. Sólo el fanatismo impide advertir esta realidad, que da a nuestra educación la pluralidad y libertad que necesita. Tengo para mí que nos arrepentiremos de tan desigual solución.

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