La tribuna

Gonzalo Guijarro

Educación y violencia machista

HACE poco se celebró el día contra la violencia machista, y todos pudimos ver cómo nuestros políticos rivalizaban en declaraciones radicales contra ella, con la ministra de Igualdad a la cabeza. Sin embargo, poco hubo aparte de esas tonantes y reiterativas declaraciones. Ni un solo análisis en busca de las causas de tan vergonzosa lacra social pudo escuchárseles a esos políticos. Y esto no deja de resultar sospechoso, porque ya son del dominio público algunos datos claramente significativos, como por ejemplo el de que el número de casos de violencia machista protagonizados por menores de veintinueve años ha sido este último año el doble que en el anterior.

No creo que haga falta ser sociólogo titulado para relacionar ese hecho con el ya archisabido desastre que impera en nuestro sistema de enseñanza. A ver, analicemos. Desde hace ya casi veinte años, la llamada "pedagogía progresista", al amor de sucesivas leyes, viene haciendo todo lo posible por dificultar que a los menores se les exija esfuerzo alguno en colegios e institutos; también por impedir que puedan imponérseles unas normas de conducta socialmente aceptables. Ya se sabe que, según los pedagogos progresistas, esas cosas no son más que pretensiones reaccionarias de profesores nostálgicos del franquismo, ya que hoy en día está todo en internet, etcétera.

Pero, como cualquiera que no se obceque interesadamente en lo contrario puede comprender, esa falta de exigencia y de normas no contribuye precisamente a fomentar entre nuestros adolescentes y jóvenes la capacidad de soportar frustraciones. Así, cuando las inevitables frustraciones que la vida impone se presentan, esas criaturas reaccionan frecuentemente de manera violenta. Y la convivencia, o el mero trato, con la compañera sentimental es una fuente segura de frustraciones, especialmente para los que llevan toda la vida acostumbrados a hacer su santa voluntad. Que la novia no se pliegue a sus caprichos le ha de parecer una afrenta intolerable a un muchacho habituado largamente a que sus padres y maestros sí lo hagan.

Por lo demás, no se trata sólo de las agresiones a la pareja, sino de que cada vez va habiendo más variedad de comportamientos violentos entre los jóvenes. Así, podemos mencionar también el enorme número de agresiones de menores a sus padres denunciadas a la policía, lo que permite suponer un todavía mayor número de casos vergonzantes. O los recientes motines desencadenados por intentos de intervención de la fuerza pública en varios botellones. Y es necesario recordar que la Policía intervino para defender los derechos de algún joven agredido por otros. Tampoco creo que sea exagerar si menciono como una forma de violencia la que ejercen sobre sus familias los llamados ninis, es decir, esos zánganos que se niegan por igual a estudiar o a trabajar, pero que exigen a sus padres que los mantengan e incluso que les sufraguen los caprichos.

Todos estos comportamientos son de origen reciente, con lo que no resultaría muy creíble achacárselos a los residuos de la cultura franquista o a la televisión, que ya existe en España desde hace unos cincuenta años. Así pues, no parece ningún disparate sospechar que la falta de exigencia y de disciplina en nuestro sistema de enseñanza esté en la raíz de todos esos comportamientos. O, en todo caso, no parece probable que esa falta de exigencia contribuya a evitarlos.

Pero de estas cosas la ministra Aído parece que no está al tanto, lo que no deja de resultar chocante, dado el considerable número de asesores de todo tipo de que dispone hoy en día el Gobierno. Otra posibilidad todavía menos edificante es que prefiera limitarse a hacer declaraciones altisonantes, que salen muy baratas y siempre quedan resultonas. No vaya a ser que, por buscar las causas de esos abominables comportamientos machistas, se vea en el compromiso de señalarle a un compañero de gabinete que el sistema de enseñanza del que es responsable está contribuyendo a producir machitos descerebrados y agresivos a millares.

Y no es por sumisión a lo políticamente correcto que hablo aquí expresamente de machitos, y no de jóvenes de ambos sexos con comportamientos violentos, sino porque, de hecho, las estadísticas ya vienen reflejando en los últimos años una mayor tasa de fracaso escolar entre los varones. Y ese mayor porcentaje de fracaso está, sin duda, relacionado con unas conductas más violentas en las aulas también por parte de esos varones. Parece ser que los efectos de la pedagogía progresista son especialmente perniciosos cuando se combina con altos niveles de testosterona. Sin embargo, éste es otro dato que es sistemáticamente ignorado, tanto por el Ministerio de Educación como por el de Igualdad, pese a que a ambos les concierna.

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