El poliedro

Efecto placebo

De forma análoga a la gripe, la crisis no puede ser atajada de forma fulminante, pero sí aliviada, paliada, sobrellevada

SI usted está saliendo de un arrechucho de astenia primaveral, es probable que un profesional clínico, como complemento al tratamiento, le haya prescrito que se cuide por fuera, que no se deje ir en su apariencia, que se sienta bien con su aspecto ante el espejo antes de salir. Es éste un ejemplo de alivio sintomático, que con seguridad no tiene la misma eficacia que el ataque a las causas, pero que, en ocasiones, es el único remedio a corto plazo. De forma análoga a la gripe -que hay que pasarla, pero se padece mejor con Frenadol-, la crisis que viene o está ya aquí no puede ser atajada de manera fulminante de un día para otro, ni siquiera de un año para otro -un respeto a la Teoría de los Ciclos-, pero sí puede ser aliviada, paliada, sobrellevada. En buena medida, por puro efecto placebo (recordatorio: es aquel efecto que se produce por un falso medicamento, sin principio activo, pero que el paciente recibe convencido de que lo va a sanar). Por eso, las intervenciones económicas anunciadas por Solbes nada más ser confirmado en el cargo tienen lógica en su voluntad de suavizar el frenazo: que el ritmo no pare, no pare, no, o que no pare del todo. Pero su efecto no será sobre las causas, sino sobre los síntomas. Y sobre la tranquilidad de ánimo colectiva: papá está actuando, y nosotros confiamos en papá. Papá Estado, me refiero. Contra los síntomas, por el camino de la psique de la ciudadanía. Cabe afirmar que la inmediatez de las ayudas a la financiación de pymes y de la materialización de la devolución de 400 euros por contribuyente -inexplicable esto último, si no que le pregunten al menguante superávit público- también huelen a la intención de marcar el árbol ante el rival emergente (Sebastián, aparente ojito derecho del presidente).

Durante la semana, hemos asistido a la metamorfosis de las declaraciones de un Solbes que va reconociendo a regañadientes que las previsiones oficiales son en exceso optimistas, y que, ayer viernes, valoran en un 2,3% el crecimiento del PIB español. Muy por debajo de lo anunciado, y seguramente por encima de la próxima revisión.

En estas páginas han tenido oportunidad de leer lúcidos análisis -de Francisco Ferraro y Rogelio Velasco, en concreto- sobre el keynesianismo renovado, sobre el papel interventor del Gobierno y sobre la virtualidad de medidas de choque como la inyección de fondos ante el acongoje bancario y el amarre del crédito, o como el apuntalamiento público de sectores en crisis. En las ondas y los papeles, osados tertulianos confiados en el silencio de la hemeroteca aventuran cuánto tiempo se va quedar la crisis entre nosotros, y cómo: dos años para el reverdecer inmobiliario, o cuatro; crecimiento del uno, dos o dos y medio por ciento del PIB...

¿Alguien da más? No, alguien da menos. Se trata de vaticinios que vienen de fuera, de observadores que no tienen motivo alguno para calmar a la población ni para cubrirse las espaldas. La The Economist Intelligence Unit, think tank que marca la pauta en análisis y previsión económica global, dice que no va ser del 1,9% nuestro crecimiento económico en 2008 y 2009. Apuestan por que no va a pasar del 1%. Su tratamiento de la realidad económica española ha sido siempre elogioso con las cifras y crítico con el modelo de boom hispano. Según afirman, "la principal razón para nuestro pesimismo nace en nuestra creencia de que los booms inmobiliarios no suelen desaparecer con suavidad". No nos descubren nada sobre nuestros cimientos inestables y las circunstancias por venir: la muy notable deuda familiar, la contracción radical de la fuente de empleo que es la construcción, además de la del crédito; el extraordinario déficit comercial que oculta la sobrevaloración de nuestros euros. Sólo le dan un tajo a las cifras que circulan por aquí. El 1%, dicen los pérfidos ingleses. Funcione o no el placebo por unos meses.

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