Tribuna económica

Joaquín / Aurioles

Efectos secundarios

ESPAÑA ha preferido la estrategia anglosajona de sacar toda la munición presupuestaria disponible para evitar el colapso de la demanda, quizás considerando que aquí no estaba prevista la necesidad de acudir al rescate de la gran banca. Lo cierto es que, tras el colapso financiero del pasado otoño, nos adentramos en una vertiginosa dinámica de gasto público que probablemente haya contribuido a frenar la caída del consumo y del empleo. Serían los efectos directos pretendidos por unas recetas sobre cuya efectividad existen dudas más que razonables, pero que llevan a querer reconocer "brotes verdes" de recuperación en algunos datos estadísticos recientemente aparecidos, como los del paro o la venta de automóviles. Los escépticos prefieren interpretarlo como el reflejo enmascarado y efímero de un tratamiento de choque presupuestario extraordinariamente agresivo. Algo así como los antibióticos, de los que a veces hay que atiborrarse para enfrentarse a una infección aguda, pero siempre bajo estricta vigilancia médica para evitar los temibles efectos secundarios de este tipo de tratamiento.

En el caso de las finanzas públicas españolas los primeros efectos secundarios han comenzado a presentarse. El Pacto de Estabilidad compromete a España a mantener el déficit y el endeudamiento público por debajo del 3 y del 60% del PIB, respectivamente; mientras que la prudencia financiera recomienda mantener el endeudamiento por debajo del límite de explosividad, es decir, sin exceder el nivel en el que los ingresos corrientes resultan insuficientes para hacer frente a los intereses, para cuyo pago se hace necesario solicitar nuevos préstamos. Es el típico efecto de "bola de nieve", que normalmente desemboca en operaciones traumáticas de saneamiento.

España se mantiene con cierta comodidad, por el momento, dentro del compromiso de endeudamiento, pero seguramente va a terminar el año con un déficit público tres veces superior al establecido, lo que significa que en el Ministerio de Hacienda deben estar haciendo números para ver de dónde sacan el dinero para los Presupuestos de 2010. Una opción sería pedir más préstamos, pero equivaldría a apuntar en la peligrosa dirección de la explosividad de la deuda. Una segunda, aumentar los impuestos, que es lo que parece estar considerándose más seriamente, como se deduce de la nueva subida de los tributos sobre el tabaco y los carburantes. Pero lo peor del caso es que con esto apenas se soluciona un porcentaje mínimo del problema, por lo que se está considerando tocar el IVA y los rendimientos del capital, aunque podría llegarse al absurdo de que un gravamen excesivo sobre el consumo termine obstaculizando su recuperación, provocando un efecto sobre la demanda contrario al pretendido con el aumento del gasto público. Todavía queda una tercera opción: mejorar la eficiencia del gasto público. Esta es una receta que permite mezclar dosis de austeridad, es decir de reducción del gasto superfluo e innecesario, con medidas de reforma y adelgazamiento, pero que en la práctica tiene el inconveniente de que siempre resulta más fácil subir un impuesto que recortar el gasto.

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