La crónica económica

Joaquín Aurioles

Eficiencia energética

LOS países productores de petróleo van a mantener sus actuales niveles de producción, frustrando las esperanzas de los países más afectados por la desaceleración económica, que son los más desarrollados, de que con el aumento de la producción se pudiera frenar la escalada de precios. Se trata, sin lugar a dudas, de uno de los principales focos de tensión por su impacto en la inflación y por lo que esto condiciona la posibilidad de impulsar las políticas de estímulo de la demanda, características de este tipo de coyuntura.

Desde la OPEP se dice que el problema está en los especuladores y en el reducido precio de la divisa norteamericana, que es en la que se fija el del petróleo, y que anima a buscar refugio en otras materias primas, igualmente por las nubes en los últimos tiempos, y en el oro, que también se dispone a cruzar otra de las míticas barreras: la de los 1.000 dólares la onza. Como es lógico, todo el mundo anda preocupado con el tema, sobre todo porque algunas previsiones apuntan que, entre el crecimiento demográfico y el económico, el consumo energético podría incrementarse durante los próximos 30 años a un promedio anual del 2 al 3 por ciento.

Quizás por ello desde el Banco Mundial se llama la atención sobre China, India y Brasil para que se esfuercen en mejorar la eficiencia energética de sus economías, es decir, el consumo energético por unidad de producto. Ahorro y eficiencia se plantean como las mejores opciones para enfrentar el problema a corto plazo, sobre todo porque con la globalización y con la explosión de las economías emergentes parece estar produciéndose una involución en materia de eficiencia. El problema es que la eficiencia energética en las economías que más contribuyen al crecimiento de la producción mundial es relativamente reducida, provocando que el promedio mundial esté evolucionando desfavorablemente.

Por otro lado, una buena parte del crecimiento de sus economías se levanta sobre una base industrial cada vez más sólida y competitiva, pero también mucho más intensiva en consumos energéticos que las sofisticadas economías terciaras del mundo desarrollado. En cualquier caso, los emergentes también comienzan a cansarse de las acusaciones y cuestionan la metodología utilizada para medir este tipo de cosas. Admiten que sus vehículos o sus instalaciones industriales consumen más energía por unidad de producto, pero señalan que, si el consumo se mide por habitante, a los responsables del derroche hay que buscarlos en otras latitudes.

También en Europa existen compromisos firmes para contribuir al objetivo, tanto por la vía del ahorro, hasta el 20 por ciento del consumo actual de energía primaria hasta 2020, como por la de la eficiencia. En concreto, se reconoce que la aplicación de técnicas adecuadas de construcción en edificios comerciales y de viviendas podría permitir ahorros equivalentes al 30 por ciento de los actuales niveles de consumo, y que, curiosamente, en el propio sector de la energía eléctrica es donde mayores posibilidades se encuentran para mejorar la eficiencia, tanto en la transformación, como en el transporte y la distribución.

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