la tribuna

Nacho Asenjo

Elecciones en Francia, ¿otra vez?

QUIZÁS sepan que los dos próximos domingos, 10 y 17 de junio, habrá elecciones a dos vueltas en Francia. Qué pesados estos franceses, se pasan la vida en huelga o votando. La que viene ahora es la elección chica, las legislativas, donde se eligen a los miembros de la Asamblea Nacional, su Congreso de los Diputados. La elección grande, la presidencial, tuvo lugar un mes antes y ese orden de las cosas refleja con precisión las características principales del sistema democrático francés. Ahora se trata simplemente de darle al nuevo presidente la mayoría necesaria para poner en práctica el programa sobre el que ha sido elegido. Un simple trámite. Pequeño curso de Historia para entender cómo se ha llegado a este curioso resultado.

Como casi todo en la política francesa, todo empieza con De Gaulle. El general creía en un régimen presidencialista, con el poder concentrado en un hombre que encarnase la nación, por encima de las disputas partidistas. Ese hombre, por supuesto, era él. En 1945, tras la liberación, De Gaulle tomó la presidencia del Gobierno de transición, pero, en desacuerdo con la Constitución que creó la IV República, un régimen ampliamente parlamentario, se retiró de la vida pública. El caos político de los siguientes 14 años pareció darle la razón, de modo que regresó con la legitimidad necesaria para fundar la aún vigente V República.

Se trata, pues, de un régimen presidencialista, pero con tintes parlamentarios. Elegido desde 1965 por sufragio universal directo, el presidente decide la orientación general de la política del país y el Gobierno la pone en práctica. El jefe del Estado no sólo no responde ante el Parlamento, sino que además goza de la capacidad de disolver la Asamblea Nacional. Sus poderes son inmensos y es el verdadero epicentro de la política del país. Para reforzarle aún más, De Gaulle impuso un mandato presidencial de siete años, al que se oponía un mandato parlamentario más corto, de cinco años. El aspecto parlamentario lo aporta el Gobierno, que es nombrado por el presidente pero puede ser revocado por la Asamblea Nacional a través de una moción de censura, de tal modo que el presidente se ve obligado a nombrar a un gobierno en consonancia con la mayoría parlamentaria.

Hasta 1981, la V República fue dominio exclusivo de la derecha, de modo que parecía natural que el Gobierno ejecutara la visión estratégica del presidente. Cuando Mitterrand gana las elecciones ese año y, sobre todo, cuando se encuentra conviviendo con un parlamento y un gobierno de derechas a partir de 1986, las cosas se complican. Esta cohabitation de izquierda y derecha en la cúspide del Estado se repitió dos veces con Mitterrand y una con Chirac, pero la clase política no se acabó nunca de acostumbrar. De tal modo que el Gobierno socialista de Jospin y el presidente Chirac se pusieron de acuerdo sobre una pequeña modificación de la Constitución que acortaba dos años el mandato presidencial, para ajustarlo al mandato quinquenal de la Asamblea Nacional. Al alinear las elecciones, era lógico pensar que el pueblo francés colocaría ambas instituciones del mismo lado del espectro político.

Quedaba la cuestión más peliaguda: el orden de los factores que, en este caso, sí afecta al resultado. La primera elección condicionaría tanto a la segunda que reduciría mucho su significancia política. Si las legislativas precedían a las presidenciales se imponía una visión más parlamentaria del modelo electoral; si el orden era el inverso, se reafirmaba el carácter presidencialista de la República. El Gobierno optó por la segunda opción, rubricando la conversión de los socialistas a una visión presidencialista de la República.

Tanto en 2002 como en 2007 el electorado se plegó a la lógica de la reforma y dio al presidente recién elegido la mayoría que requería. Para estas elecciones legislativas, la suerte parece de nuevo echada: según todas las previsiones, el Partido Socialista como tal no obtendrá mayoría absoluta, pero podrá gobernar con sus aliados de izquierdas.

Para el resto de Europa, el resultado de estas curiosas elecciones tiene su importancia. La irrupción de Hollande en la escena europea está contribuyendo a alejar de Berlín el centro de gravedad de las decisiones europeas. No se trata sólo de relajar la presión calvinista sobre los países del Sur y trabajar en pos del crecimiento en el continente, sino sobre todo de avanzar hacia una estructura federal que incluya un sistema de transferencias fiscales automáticas, sin pasar por interminables negociaciones diplomáticas. Será eso o el fin del euro, así que más nos vale que Hollande tenga una mayoría parlamentaria que le dé manos libres.

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