El poliedro

José / Ignacio Rufino

Elecciones, vamos allá otra vez

Los comicios del 26-J, en dura competencia con la Eurocopa, dan de nuevo el pistoletazo de salida.

AYER me asignaron una encomienda muy noble, entregada en mano por el cartero: soy nada menos que suplente de vocal de una mesa de mi colegio electoral (seré franco: espero que no me toque el típico titular de la plaza que se escaquea con un certificado falso). Señoras y señores, las elecciones están a la vuelta de la esquina -otra vez…, diría uno alargando la o, con el tonillo con el que Forrest Gump hablaba de sus visitas a la Casa Blanca-, y la campaña de los partidos contendientes coincide con la de otros partidos, los de la Eurocopa (sí, lo he mirado: el 26 se juegan los octavos). Duro rival para el argumentario competitivo de los cuatro partidos principales; dos veteranos, dos novatos. Todos sacando pecho, aunque de diferente manera. Escrutar en cada caso el trasfondo competitivo y la posición podría ser apasionante, si no fuera por el tufo de conveniencia y ocasión que despiden tantas propuestas y promesas, que no pocas veces han metamorfoseado en este empacho post y preelectoral que hemos sufrido desde diciembre del año pasado. Por esa cantidad de conejos en la chistera que se han sacado unos y otros -unos más que otros-, cada vez que ha hecho falta. Quizá lo más estable y digno del continuo blablablá multimedia ha sido las dos semanas escasas que los partidos han hablado de economía. Que es el quid de la cuestión. "Estúpidos", ya saben.

El Partido Popular se sabe ganador, pero su soledad es infinita a priori. Ciudadanos, que sería su aliado natural para poder hacer gobierno, ve que sus expectativas de sorpasso del voto conservador y/o liberal se han tornado en serio riesgo de ser fagocitado -en plena adolescencia institucional- por el voto útil, del que se nutriría Rajoy. Situación comprometida que lo fuerza a no jugar a ser comparsa y pez pequeño de la derecha (y un poco, del centro). Los populares van a seguir hablando de economía, con la certeza de haberlo hecho bien, o de convencernos de ello a base de repetírnoslo (primera andanada, los datos del paro). En realidad, han dado los pasos necesarios para convertirnos en una sociedad low cost, de bajos salarios y consumo masivo pero indiferenciado, de baratura y precariedad, y alta concentración de riqueza en pocas manos. Un mundo de mañana que, seamos realistas, no tiene mucha alternativa en este planeta: somos demasiados. Por eso, los argumentos del PP son consistentes: coherentes y prácticos.

EL PSOE es mucho más interesante como personaje dramático. Podemos ha reemergido y amenaza con laminarlo y dejarlo condenado a ser un partido esencialmente andaluz, tras la hábil maniobra con la que se ha zampado a Izquierda Unida para siempre, besitos y lagrimitas del provecto brahmán Anguita incluidos. Sánchez está también amenazado desde dentro, sobre todo desde el sur. Ese estrés insoportable lo hace estar continuamente a la búsqueda de argumentos propios, aunque, en realidad, sean nuevos y ad hoc, en una infinita lucha por diferenciarse de cara a una masa dubitativa de posibles traidores electorales. Lo tiene mal, y conste que eso a muchos nos pesa. Por puritito miedo a los melones por calar.

Por calar está Podemos, que es el personaje más proteico y poliédrico: un mutante nato, mortadélico. Lo quiere todo, juega a lo que haga falta, cualquier baraja le vale, sobre todo la del PSOE. Huye de la imagen populista, como de checa justiciera, que tan a fuego se fraguaron, y -Errejón dijo- vende que "el comunismo y la socialdemocracia son cosas del pasado", o sea, están reformulándose, para el futuro… que soy yo. Sus propuestas económicas, como dijimos aquí, son formalmente consistentes y con mucha pegada, más allá de su viabilidad.

Se abre el telón.

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