El Currinche

Iñigo Ybarra

Elegancia desnuda

Acausa de sus declaraciones sobre la elegancia femenina y masculina en relación con el atuendo, al alcalde de Granada lo están aliñando bien con las críticas de las y los feministas. Vino a decir que las mujeres mientras más desnudas más elegantes, y los hombres al contrario. En cuestión de gustos cada uno es muy dueño de tener el suyo, pero revelarlos en un acto oficial no parece muy elegante que digamos. Por supuesto los concejales de Ciudadanos, aún hipnotizados por aquella portada del señor Rivera tal y como vino al mundo, son de opinión inversa, es decir, ven más elegante a los hombres desnudos, y han obligado al alcalde granadino a rectificar bajo amenaza de menear la silla consistorial. La polémica suscitada no deja de ser pamplina importante.

Dejando a un lado al alcalde y sus problemas, es de sospechar que la elegancia poco o nada tiene que ver con la cantidad de ropa que se lleve y sí en cambio con el estilo y actitud de la persona. Así, por no abandonar el entretenido cortijo municipal, vemos cómo a la nueva directora de comunicación del Ayuntamiento de Barcelona, aficionada por otra parte a fotografiarse muy vestidita haciendo pipí por las calles de media España, es complicado calificarla de elegante por mucho que se desnude; el buen gusto no suele acompañarle en sus posados fotográficos. Qué le vamos hacer si es así y la alcaldesa que la nombró asá.

De elegancia desnuda los que realmente sabían eran los clásicos; esos sí que se tomaban el tema en serio y sin correcciones políticas. Para griegos, romanos y genios del Renacimiento, el cuerpo humano es la expresión máxima de la belleza, y de ahí a la elegancia media un suspiro; el que fuera femenino o masculino resultaba un detalle sin importancia. El campesino griego que a principios del XIX encontró cavando en su huerto de la isla de Milo a Venus, supo desde el primer momento que estaba ante una figura deslumbrante, tanto es así que nunca se bajó del burro a la hora de negociar el precio de la misma con el viajero francés que terminó comprándola.

Dentro de siglos, si descubren unas fotografías de la directora de comunicación de Barcelona haciendo pipí por las esquinas, no creo que puedan sacar por el hallazgo lo que el hortelano griego obtuvo por el suyo, a fin de cuentas la elegancia desnuda, aunque sea de mármol, suele estar mejor valorada que la zafiedad vestida.

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