crónicas levantiscas

Juan Manuel Marqués Perales

Elena y Alfredo

LOS dos expían la culpa de otros. Alfredo Pérez Rubalcaba desconoció quién iba a ser su acompañante durante el desfile del Día de la Hispanidad hasta poco antes de que el Rey llegase: la infanta Elena, retal del corte por lo sano con el que la Casa Real intenta conjurar el bochorno de Urdangarín y el caso Noos. Si la Constitución fuera la que será, Elena podría haber sido la heredera, pero le faltó testosterona en el vientre materno. Ahora, con los modos de las monarquías pragmáticas, se retrasó a una segunda fila, al lado de Rubalcaba. "Este momento tenía que llegar", dijo después. A Rajoy no le pitaron: la mayoría descontenta no sale a la calle, es silenciosa. Rubalcaba expía la culpa de Zapatero. Si no fuese porque el silbido soez recuerda al pitido obsceno de Franco y Millán Astray llamando como corderos a sus legionarios antes de la muerte, le hubiese dado dos pitidos a Zapatero: el día que le alentó a Pascual Maragall a enviar a Madrid el Estatut que fuese, porque allí estaba él, y el verano que nos cambió la Constitución para introducir un Alien: ambos de imprevisibles consecuencias. Rubalcaba carga una mochila de zapatos; el gran comunicador del PSOE no conecta, y tras las elecciones vascas y catalanas, su partido será otro retal donde antes era, en el peor de los casos, un distinguido segundón. Elena y Alfredo, dos segundos que expían las culpas de los primeros. El encanto del perdedor.

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