DE POCO UN TODO

Enrique García-Maíquez

Elogio de las elecciones

HIP-hip, hurra. No es que la "champaña electoral" se me haya subido a la cabeza. O eso espero, que todos los borrachines juran que aguantan mucho. Zapatero acaba de prometer 400 euros a todo quisqui si le votamos. ¡Alegría! Este burbujeo chispeante podría marear a cualquiera, si no conociésemos por experiencia las resacas de los incumplimientos. Especialmente cabezón es el champaña Chaves, que brindó sueldos a las amas de casa y viajes gratis y modernizaciones a punta pala y que vuelve a descorcharse por los pueblos de Andalucía.

Pero las elecciones se merecen, ya en serio, un elogio por el repentino sentido común que también otorgan a los políticos. Observen cómo reajustan sus discursos cuando llega la hora de presentárselos al respetable. Jefferson sostuvo que en democracia son los gobernantes los que han de temer al pueblo y no el pueblo a sus gobernantes. No pido temor. Basta con un poco de atención, que es lo que los políticos al menos durante las elecciones prestan a sus votantes.

Se olvidan, para empezar, de la memoria histórica y se centran -aturrulladamente, todo hay que decirlo- en la economía. Zapatero, que gastó su mandato negociando con ETA y zurciendo estatutos de autonomía que, en el mejor de los casos, bordean la constitucionalidad, se envuelve ahora en la rojigualda y va, por fin, contra ANV. Tampoco considera presentables ni la ampliación del aborto ni la aprobación de la eutanasia, que son proyectos que acaricia (y esconde) el ministro de Sanidad. A cambio, corre a aprobar medidas de protección a la familia. En el PP, Rajoy reconoce justo ahora que de haber tenido todos los datos no habrían apoyado la guerra de Iraq.

Los políticos, cuando hay que mirar a la cara a los electores, sufren momentáneos ataques de sensatez. Y eso que sólo los miran, porque si los escucharan, ¿qué esfuerzos no harían ante el problema de la educación, por el endurecimiento de las penas o para la reducción de tantos cargos públicos (y sus sueldos)?

Suele decirse que las elecciones son la fiesta de la democracia. La frase, además de cursi, es peligrosa. Sugiere que las consultas al pueblo son extraordinarias y un tanto irresponsables, como una verbena. En realidad, las elecciones son o deberían ser las jornadas laborables de nuestro sistema. Todas estas diferentes administraciones que mantenemos: municipios, comunidades autónomas, Cortes Generales y Parlamento Europeo, podrían aprovecharse mejor. ¿Por qué no escalonar sus respectivas elecciones y celebrar como mínimo unas votaciones cada año? Oiríamos siempre bonitas promesas y, sobre todo, estaríamos gobernados con más tiento.

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