La Noria

Carlos Mármol

Elogio del 'periodismo bastardo'

El impacto provocado por Wikileaks, el portal de filtraciones al que pone rostro Julian Assange, devuelve a los ciudadanos el espejismo de recuperar dos patrimonios inmateriales: el periodismo y la verdad en política

LO dijo el que probablemente sea el hombre de la década -Julian Assange, el fundador del portal Wikileaks- el viernes por la tarde en una entrevista digital en el diario británico The Guardian. "La Historia ganará. El mundo será un lugar mejor. ¿Sobreviviremos nosotros? Eso depende de ti".

El responsable del sitio de internet que está revolucionando la agenda política mundial contestaba así a un lector que le advertía de que antes o después los poderes -fácticos, evidentemente- terminarían con su experimento. Que su batalla es estéril. No se puede jugar demasiado tiempo a ser un verso suelto: alguien realmente independiente y con voz para decir cosas. Este tipo de personas se convierten en peligrosas. Impertinentes.

En la respuesta de Assange, quizás por mero azar, o puede que no, quién sabe, curiosamente están resumidos los elementos básicos que explican la frágil coyuntura en la que en estos días está el periodismo. Son las claves de su encrucijada más íntima y profunda. ¿Sobreviviremos?¿Será el mundo mejor sin nosotros? Todos los cronistas nos planteamos esta misma cuestión. Ocurre igual en las grandes redacciones de las ciudades globales que en los periódicos aldeanos, humildes y rotos.

La discusión sobre las nuevas tecnologías, el cambio en el paradigma informativo más clásico, la muerte (anunciada por tierra, mar y aire) de los diarios y demás debates de los últimos tiempos se antojan sin embargo artificiales al comprobar que un personaje como Assange, bastante crítico con los vicios del oficio, tiene en realidad una quimera idéntica (tratar de mejorar el mundo mediante un hecho tan básico como contarlo) y una incertidumbre parecida (saber si esta tarea podrá seguir haciéndose durante más tiempo) a la de muchos periodistas. Parece que no somos tan distintos.

Los elementos en los que se sustenta el fenómeno del contagio viral de Wikileaks son en realidad antiguos. Consiste en tres cosas: tener buenas historias que contar, tener un sitio donde poder contarlas y contar aquello que los ciudadanos desean saber, que es lo que el poder (independientemente de su tamaño, su rostro, su estilo) no quiere que se sepa. La verdad.

Sobre esta tríada de elementos, con más o menos aderezos según la época, se edificó a lo largo de la historia reciente una industria -la periodística- que tiene algo más de dos siglos de vida; una actividad noble que, al decir de algunos, ahora vive sus trágicos últimos días. Como casi todas las decadencias, arroja durante sus momentos finales imágenes bastante poéticas. De final de raza. Casi se diría excesos agónicos.

Cuando todos los analistas (algunos de ellos millonarios gracias a su labor paralela como consultores de medios) insisten en que la red irá sustituyendo al periodismo real en apenas unos años, resulta que el cauce de difusión masivo elegido por Assange para dar a conocer al mundo los documentos oficiales que han colgado en la nube sus informantes anónimos ha sido de corte estrictamente tradicional. Los cedió a los grandes periódicos mundiales, que los han publicado en internet, en papel y, por extensión, los han retransmitido al resto de los demás medios, creando así un coro planetario que, por primera vez en mucho tiempo, no reproduce tan sólo información oficial, sino oficiosa. Real.

Parece una suerte de ósmosis inversa: la red se ha convertido en la fuente (potencial) perfecta porque garantiza el anonimato; y los diarios, tras el obligado contraste profesional, encargado de expurgar la cosecha, llevan a sus primeras páginas durante varias semanas las historias que los gobiernos no quieren que se conozcan. ¿Quién dijo que ambos sistemas no podrían convivir?

Toda la información de Wikileaksprocede de la red global. No es periodística, sino documental. Lo que la transforma en periodismo puro son las crónicas que escriben los periodistas. Material difundido por los mismos canales que, a pesar de los agoreros, y con independencia de sus propios defectos, todavía continúan creando opinión: los periódicos.

Se ha dicho que una parte de la información publicada esta semana por los diarios elegidos por la organización de Assange no es excesivamente trascendente. Los cables recogen impresiones del servicio especial de las embajadas norteamericanas. Ilustran visiones, no descubren hechos nuevos. Tampoco desvelan siempre acontecimientos secretos.

¿Por qué son tan importantes? Quizás por lo que involuntariamente han provocado. Más o menos podría definirse así: aunque sea sólo durante un cierto tiempo, hemos vuelto a ver en los diarios excelentes ejemplos de periodismo bastardo. Sin filiación. Sin ningún compromiso. Directo. Perfecto. Dado el contexto actual, algo casi asombroso, porque casi todos vivimos en un mundo virtual que aparenta ser verdadero sin serlo en realidad del todo.

Las crónicas escritas a partir de la documentación de Wikileaks han permitido a los ciudadanos confirmar con hechos, datos y detalles concretos lo que siempre sospecharon: que el poder dice una cosa y suele hacer la contraria. Y que ninguno de nosotros somos los mismos cuando nos observan y cuando creemos que estamos protegidos por el pañuelo del secreto.

Uno de los dogmas de la política actual consiste en simular. En disfrazar los hechos con palabras amables, quizás para ocultar la profunda contradicción entre lo que un gobernante cuenta a los votantes y lo que en realidad hace. Otro es la obsesión por el Mundo 2.0. Lo importante, al parecer, no es ya tener realmente algo sólido que decir, sino comunicar lo que sea (incluso el vacío mental) por todos los canales digitales y las redes sociales disponibles, ese universo donde los amigos -al contrario que en la vida- son decenas de miles de almas cándidas y simpáticas.

La coyuntural -o quizás no tanto- alianza entre Wikileaks y el periodismo clásico hace tambalearse ambas prácticas, asentadas en la clase dirigente. No sé si, como dice Assange, el mundo será mucho mejor a partir de ahora. Probablemente no. Tampoco sé si será suficiente para que la vida pública sea algo menos falsa, cínica y arbitraria. En general hay que ser escéptico. Lo que sí es muy posible es que este fenómeno tenga réplica. Que se vuelva a producir más pronto que tarde. Me conformo incluso con menos: que los políticos, aunque sea únicamente durante algún tiempo, empiecen a darse cuenta de que entre sus atributos no está el derecho a elegir cuál es la única verdad digna de ser contada.

En Sevilla, al menos, esto sería un gran logro. Por lo que se va y por lo que -dicen- viene. Aunque la emulación local del fenómeno Wikileaks dependerá de la madurez cultural de esta sociedad. Del nivel de libertad y de responsabilidad (ambos conceptos casi siempre van ligados, aunque no lo parezca), de los ciudadanos en relación a su entorno. A su ciudad, en este caso. En Sevilla, desde luego, no es nuestro fuerte.

Internet es el aliado del periodismo, no su sustituto. La red permite acceder a mucha información en bruto e incluso facilita la peligrosa (por contaminante) saturación de datos. Pero no es capaz de articular un relato. Para eso estamos los periodistas, cuya metodología básica sigue siendo válida. Nuestro oficio es como un sacerdocio que casi nunca otorga derecho de comunión y, a pesar de lo que en ocasiones acostumbra a verse por la calle, sin más honores ciertos que poder guardar en una carpeta un viejo periódico arrugado que con los días se irá poniendo amarillento. Nosotros no tenemos más recompensa que el silencio de las hemerotecas. Pero nuestro tiempo no ha muerto. Quizás por eso a algunos ésta nos parezca una profesión tan hermosa. Porque todavía está, o puede estar, llena de pureza. Aunque no siempre lo parezca.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios