La Sevilla del guiri

John Julius Reel

Encaprichado con la modernidad

MIENTRAS trabajaba como profesor de Redacción en la Universidad de Nueva York, tuve la gran suerte de enseñar a alumnos que habían inmigrado de todas partes del mundo. En una clase de 30 alumnos, a veces podía contar más de 10 países de origen, algunos muy exóticos, con costumbres radicalmente distintas a las de la cultura en la que me había criado.

Una manera de conseguir que este crisol de alumnos escribiera con pasión fue asignarles que plantearan el amor, el matrimonio y los hijos como los tres pasos principales en la vida de una pareja. Y, después, que redactaran 500 palabras en defensa de qué orden, a su juicio, deberían seguir estos pasos para asegurar que la pareja sobreviva feliz por mucho tiempo. Leer la variedad de respuestas me permitió descubrir las diferentes formas de ver y llevar la vida.

No tuve que vivir mucho tiempo en España para darme cuenta de que, si asignara este ejercicio a un grupo de españoles, tendría que añadir un paso más a la lista: un piso propio. Seguro que la mayoría de los españoles pondrían un piso propio, no alquilado, como segundo en la lista después del amor, lo que significa que acabaría en el primer puesto en los muchos casos en los que el amor se deshace ante el estrés que conlleva el piso.

¿Soy el único en España que piensa que una hipoteca puede ser, según las circunstancias económicas, emocionales, profesionales y espirituales, tanto un mal como un bien para una pareja y por lo tanto para una familia? ¿Por qué los españoles hablan y actúan como si hipotecarse fuera tan inevitable como los impuestos y la muerte?

Una vecina tiene un hijo con apenas 22 años que ha comprado un piso en Sevilla Este con su novia. La hipoteca requiere que cada uno de ellos pague 500 euros cada mes. El chaval trabaja (o trabajaba antes del crisis) como albañil. Estos días hace lo que puede para llevar su gran carga económica. No para de trabajar. Su madre se jacta de lo trabajador, lo responsable, lo maduro que es. Es cierto. Merece el orgullo y más de su madre. Pero no puedo evitar pensar que está desperdiciando los mejores años de su vida. Se va a abrumar trabajando durante 20 ó 30 años, y su novia también. ¿Para que? ¿Un piso en Sevilla Este? No conozco Sevilla Este, pero aunque sea todo el año igual de bonito que Santa Cruz en plena primavera, no merece la pena.

Están esperando un hijo. Debería ser causa de felicidades y felicitaciones. Pero no puedo compartir con él lo primero, ni ofrecerle sinceramente lo segundo porque no puedo ver cómo va a encontrar el tiempo ni la energía para disfrutar del torbellino de cambios que conlleva un hijo.

A fin de cuentas, una pareja más que manda a su niño a la guardería, o hace que lo críen los abuelos, y disgustada por ello, pero siempre consolándose y convenciéndose con la media mentira, media verdad y rematadamente tópico: "No hay más remedio."

Yo conozco a una sabia mujer que, a principios de los años sesenta, estaba trabajando, primero en Washington y después en Nueva York, como informática, una profesión flamante en aquellos tiempos. A finales de la década, justo antes de que el feminismo se pusiera muy de moda en EE UU, una ola que le podría haber llevado a quién sabe qué nivel de gratificación profesional, dejó su puesto de alto cargo para criar a sus hijos. Seguro que uno de los motivos principales de tomar esa decisión fue la presión social, aun machista.

En los años siguientes, cuando el feminismo ya estaba en auge, no me extrañaría que esta mujer se preguntara a dónde habría llegado si hubiera aguantado las miradas de desprecio algunos años más. Quizás hubo incluso periodos en los que se arrepintiese del camino que había elegido.

Pero, a medida que pasaban los años, veía las repercusiones a largo plazo de todos estos aparentes avances: los divorcios, las madres que no conocían a sus hijos, los hijos que no conocían a sus madres, el vacío de logros profesionales especialmente si, por fin habiéndolos conseguido, no hay nadie con el que se puedan compartir. Vio que el movimiento que trajo la independencia y la autosuficiencia a muchas mujeres, llevó a muchas otras a la soledad.

Uno de los mejores consejos que he recibido como adulto vino de esta sabia mujer cuando me dijo: "No hay nadie que mire atrás al final de su vida y diga: ojalá hubiera trabajado más. Lo que dicen es: ojalá hubiera pasado más tiempo con mi familia".

Claro está que este tipo de decisiones no las puedes tomar en plena libertad si estás atrapado con una hipoteca descomunal. ¡Qué pena que en España la presión social te haga creer que, sin piso propio en un barrio bien considerado, eres un don nadie!

Me parece que España está todavía viviendo el periodo idílico de la modernidad. Muchos españoles no han visto todavía a qué y a dónde los lleva. Cuando un día cada familia en España tenga un piso propio, ya será, sin duda, un país de primera categoría. Pero, si para conseguirlo, la gente se esclaviza a una cuota mensual, acabará siendo un país de autómatas, listos quizás, pero no vivos.

Soy partidario del progreso, pero no a costa de lo que da valor y riqueza a la vida. Valor y riqueza que no tiene nada que ver con dinero, claro. Para mí, progreso es entender que no hay sólo una forma correcta de llevar las cosas fundamentales de la vida. No es inventar más cosas fundamentales.

Si tengo una esperanza en estos días grises de la crisis, es que la tesitura económica evite que las familias encaprichadas con la modernidad sacrifiquen lo realmente gratificante para atarse tantos años a una falsa idea de la felicidad.

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