la ciudad y los días

Carlos Colón

Encuentro con Bradbury en el Cervantes

PUDO ser a través de la tele, cuando Chicho Ibáñez Serrador adaptó en 1966 sus relatos La sonrisa y El doble. Pero si fue así no lo recuerdo. Mi primer encuentro con Ray Bradbury se produjo, como tantos otros, en el cine Cervantes. Allí conocí también a Joseph Conrad, a Leslie P. Hartley o a Boris Pasternak. Los cines eran un lugar de encuentro no sólo con películas. En febrero de 1968 se estrenó en el Cervantes Farenheit 451 de François Truffaut, dos años después de su presentación mundial en el Festival de Venecia. Fue la película que descubrió al gran Ray Bradbury a mi generación. Por lo menos a quienes, aunque fieles a Verne y Wells, desconocíamos la ciencia-ficción moderna. Inmediatamente después compramos la pequeña edición de bolsillo con pasta dura de la colección Rotativa de Plaza y Janés.

"¡La aterradora visión de una sociedad en la que estaba prohibido leer y pensar!", decía la publicidad. Entonces no sabíamos que habría algo aún más terrible que prohibir leer y pensar: convencer de que no vale la pena hacerlo, utilizar un título de Bradbury como emblema de la telebasura o hacer realidad su intuición de la gran familia televisiva.

En el Cervantes conocimos a Ray Bradbury, nos enamoramos aún más de Julie Christie, reafirmamos nuestra devoción por Bernard Herrmann y nos emocionamos con los hombres-libro. Lo que entonces no sabíamos es que en realidad ya le conocíamos. No a él, sino a dos de sus más íntimos amigos. ¿Y acaso los más queridos e íntimos amigos de nuestros amigos no lo son también, de alguna forma, nuestros?

Resulta que aquel Bradbury que nos presentó Truffaut en el Cervantes era amigo íntimo de alguien a quien conocíamos muy bien: Ray Harryhausen. Se habían hecho amigos siendo adolescentes, en 1939, en el club de aficionados a la ciencia-ficción creado en Los Ángeles por Forrest J. Ackerman. Y Harryhausen era uno de los ídolos de nuestra infancia, a la que pobló de deliciosas pesadillas con sus terribles esqueletos luchadores, cíclopes, colosos de hierro y cangrejos gigantes de Jasón y los Argonautas,Simbad y la princesa o La isla misteriosa. Como además el músico de esas películas era el mismo Bernard Herrmann que años después oímos en Farenheit 451, nuestro encuentro con Bradbury estuvo lleno de cordiales complicidades.

Ha muerto este gran escritor que tan buenos e inteligentes ratos nos ha hecho pasar en el cine o leyendo sus Crónicas marcianas que Borges tanto admiraba, Farenheit 451 o la extraordinaria El hombre ilustrado. Le estamos agradecidos. Por eso le decimos hasta siempre mientras suena el vals que Herrmann compuso para Farenheit 451.

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