EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Encuentro en el autobús

VEO en el autobús a dos niños que viajan con dos grandes mochilas y un cochecito de bebé. Uno tiene unos nueve años, el otro tiene unos trece, y en el cochecito distingo el cuerpo de una niña de apenas medio año. Los dos niños van muy serios, sin hablar, abrazados a sus grandes mochilas, como si temieran perderlas o que alguien quisiera arrebatárselas. El cochecito está lleno de bolsas de plástico por todas partes. Intento ver qué hay dentro de las bolsas, pero es imposible averiguarlo. También me gustaría saber qué hay dentro de las mochilas, que tienen el tamaño de una mochila de excursionista que se dispone a pasar la noche al raso. Imposible saberlo.

Los pasajeros miran con simpatía a estos niños, a pesar de que el cochecito está colocado justo delante de una de las puertas y obstaculiza la salida. Pero nadie protesta. Al contrario, hay una especie de corriente subterránea de afecto que se dirige hacia esos dos niños serios que vigilan el cochecito. No sé si los niños son gitanos rumanos (por su aspecto podrían serlo), pero en el autobús no despiertan desconfianzas ni recelos, como suele ser habitual en otros sitios. Nada de eso. Quizá sea porque llevan el cochecito con la niña, que de alguna forma los pone a salvo de todas las posibles recriminaciones que se les pudieran hacer por el simple hecho de ser gitanos y de obstaculizar la salida. El caso es que nadie los mira mal ni les reprocha las molestias que causan con el cochecito. No, nada de eso. Y en todo el autobús se hace palpable un sentimiento de afecto hacia esos dos niños, incluso un deseo de protegerlos de todo lo malo que les pueda pasar. Parece evidente que esos dos niños tienen que ocuparse de su hermana, y al mayor le toca hacer de padre (o quién sabe si de padre y de madre a la vez). Por eso están tan serios, y por eso el hermano mayor no suelta en ningún momento el manillar del cochecito. Los dos están acostumbrados a actuar como adultos. A lo mejor se dedican a vender en un puesto callejero todas las cosas que llevan en las mochilas y en las bolsas de plástico. Y quién sabe si se han tenido que espabilar porque viven solos y nadie se ocupa de ellos. Es lo que parece más probable.

Ahora bien, también me pregunto qué pasaría si esos dos niños no llevaran el cochecito con su hermana y en lugar de eso estuvieran obstaculizando la salida con sus grandes mochilas cargadas de Dios sabe qué. ¿Recibirían las mismas miradas cargadas de afecto, de comprensión, incluso de admiración por la forma en que han tenido que aprender a vivir? ¿Serían tan bien recibidos por los pasajeros? ¿Suscitarían las mismas sonrisas, el mismo silencio respetuoso? Eso es lo que me gustaría saber mientras me abro paso a través del cochecito hacia la salida.

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