Editorial

Equidistancia

EL Colegio de Arquitectos fue durante el franquismo y los primeros años de la Transición una de las entidades de mayor prestigio de Sevilla, no sólo por la categoría profesional de sus miembros, sino también, y sobre todo, porque estuvo en la vanguardia de la sociedad y abanderó algunas de las luchas ciudadanas. Así, los arquitectos dieron la batalla en pro del reconocimiento del Prado de San Sebastián como ejido (suelo comunal) ante el intento de convertirlo en viviendas o en un hipermercado. Asimismo, lideraron la oposición al Actur de la Cartuja, un megaproyecto para llenar de bloques de pisos la isla, la misma que con los años, y gracias a que se había librado de la marea de cemento del tardofranquismo, acabó albergando la Exposición Universal en 1992. Eran los tiempos en que los arquitectos y el Colegio de Arquitectos alzaban la voz en Sevilla y se pronunciaban sobre asuntos controvertidos , asumiendo la máxima de Terencio pero a su manera: Nada de lo sevillano me es ajeno". Paradójicamente, con el advenimiento de la Democracia y de las libertades , el Colegio pasó de la vanguardia a la retaguardia de la sociedad, y los arquitectos se refugiaron en un silencio tantas veces demasiado clamoroso, sin sobrepasar nunca ciertas delgadas líneas rojas para no molestar. Por eso, ayer hubo expectación entre la clase periodística ante una convocatoria del Colegio de Arquitectos para comunicar su posición oficial sobre el impacto visual y paisajístico del rascacielos proyectado por César Pelli en la isla de la Cartuja. La expectación se trocó en frustración al comprobarse la calculada ambigüedad con que se expresó la institución colegial, cuyo pronunciamiento se limitó a calificar de "contundente" el impacto de la torre sobre Sevilla. Una obviedad, dado que, con sus 178 metros, el rascacielos no va a dejar de verse desde los cuatro puntos cardinales . Si, como dijo el decano, "no tenemos intención de alinearnos ni en un sentido ni en otro", entonces ¿qué sentido tenía la convocatoria? La opinión pública esperaba un pronunciamiento, fuera a favor o en contra, y los argumentos razonados en que se sustentara, pero nunca equidistancia, que causa aún peor efecto por su falta de valentía. Mejor habría sido que el Colegio hubiera seguido en silencio, como ha hecho en prácticamente todos los temas polémicos de los últimos tiempos. Ahora bien, organizar historicistas semanas de la Arquitectura no basta: ello equivale a ver los toros siempre desde la barrera.

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