la esquina

José Aguilar

España, con Tobin

ONCE países de la Unión Europea se han unido para poner en marcha la llamada tasa Tobin: un impuesto sobre las transacciones financieras. Han tardado una buena temporada en decidirse, porque James Tobin, Premio Nobel, la propuso en 1971 desde su Universidad de Princeton.

Se trata de un impuesto que gravará levemente la compra de bonos, acciones y derivados. Es más importante de lo que parece. Por un lado, acabará con una anomalía crucial de la vida económica: cualquier compraventa de productos se grava con un impuesto por lo menos (el IVA), mientras que las transacciones financieras quedan exentas hasta el momento en que generen plusvalías. Por otro, obliga a contribuir a la salida de la crisis al sector financiero que tanto ha ayudado a generarla y que se está yendo de rositas. No está mal.

Diversos movimientos alternativos y anticapitalistas llevan años proponiendo la implantación de la tasa Tobin y que la recaudación correspondiente se destine íntegramente a la lucha contra la pobreza. No llegarán tan lejos las naciones que se han decidido a aplicarla: dedicarán el dinero ingresado a sanear sus arcas públicas, y esperarán también que la tasa frene los abusos especulativos en la Bolsa y otros operativos financieros.

También se han pasado años diversos gobiernos europeos, encabezados por Gran Bretaña, rechazando la tasa con el argumento de que, al no imponerse en todo el mundo, los señores de las finanzas y sus gestores emigrarán a las plazas más permisivas, como Nueva York o Singapur, lo que liquidará sus posibles efectos beneficiosos en el viejo continente. Finalmente, los países más relevantes de la UE, Alemania y Francia, se han decantado por aprobar el nuevo impuesto, y han logrado arrastrar a sus posiciones a otros nueve, entre ellos España.

Aunque dieciséis de los Veintisiete miembros de la Unión Europea siguen oponiéndose, la tasa Tobin se establecerá bajo el principio comunitario de "cooperación reforzada", que elude el requisito de la unanimidad en el seno de la UE, pero complica su camino hacia la viabilidad práctica. La Comisión tendrá que elaborar un proyecto que requiere la mayoría cualificada de los estados miembros y el visto bueno del Parlamento Europeo. Si no se tuerce en el trayecto, la utopía de una tasa especial para bancos e inversores europeos se habrá hecho realidad.

Quizás no como la concibió el Premio Nobel de Economía, pero sí con su espíritu. Acabar con el contrasentido de que un europeo corriente venda un jabón y tenga que pagar el IVA y un multimillonario venda sus acciones y no pague nada será un paso adelante.

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