RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

El 7 de España

EL 7de España es la silueta de Raúl, la potencia sufrida de Raúl, su identidad de magma primigenio. David Villa ha marcado un gol de una bolea espectacular, porque David Villa, con su frialdad minúscula en la explosión de nervio sobre el área, es una garantía de equilibrismo del mismo modo que Torres, ahora prestigiado por su lectura inglesa, por su verticalidad de garra, de látigo espigado hacia la luz, es un fuste duro en la vanguardia, un francotirador del desafío. David Villa ha marcado un gol y quizá marque muchos más, pero David Villa no es Raúl como Fernando Torres no es Raúl.

Raúl, su diferencia, no es sólo deportiva, y quizá lo interesante de Raúl es, precisamente, lo que excede los mimbres deportivos para tornarse en cualidad lírica. Raúl es el 7 de España porque tiene el equipo en la cabeza y el país en el corazón. Raúl tiene conciencia de sí mismo, de su legado activo, rompedor, que ahora es la gangrena que corrompe la soledad de Luis Aragonés. Raúl es el 7 de España porque con apenas dieciocho años dijo que se veía campeón del mundo sin que le temblara la voz, porque falló aquel penalti y porque siempre se ha echado a la espalda la culpa y la carcoma, los lastres y la sangre, el peso triangular de sus equipos. Raúl tiene conciencia de sí mismo, sabe mejor que nadie el lustre y la condena, el pago por el don de ser Raúl. Raúl ha hecho una obra de sí mismo, y ha logrado lo extraño, lo increíble, reiniciando su propia biografía: cuando todo el mundo pensaba que Raúl, como estallido, pegada y condición era ya un recuerdo de sí mismo, un pabellón transido de memoria, Raúl ha regresado en su mejor versión, la que viene precedida de un conocimiento no sólo de su propia naturaleza, sino también del juicio sumarísimo al que sería sometida cada acción de Raúl. Cada fin de semana, cuando Raúl marca un gol o dos, como frente al Valencia, a Luis Aragonés se le hacen ascuas las tripas, le entran tiritonas interiores, se le quiebra el temblor del espinazo mientras una voz interna, que encuentra un eco múltiple en las gradas, viene a recordarle la ausencia de Raúl. España, afortunadamente, tiene muy buenos delanteros, pero sólo tiene un 7 y es Raúl, que lo ha perdido y lo ha ganado todo, que tiene un ojo en el gol y el otro proyectado sobre el campo, en la visión coral del juego colectivo, en la tensión orgánica del juego. Raúl, marque o no marque, siempre determina lo que ocurre porque no es solamente un delantero pillo, con duende y con astucia, con valentía y con coraje como puedan serlo Villa o Torres, sino que es poseedor de lo que ocurre.

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