DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

Españoles, Franco ha muerto

GARZÓN se apunta a novia en la boda, a niño en el bautizo y a Arias Navarro en la muerte del General: "Españoles, Franco ha muerto". Marx escribió a cuenta de los dos napoleones que lo que fue tragedia se repite como farsa. Si Arias Navarro y unas colas interminables de ciudadanos lloraron entonces de corazón, con el remake estamos llorando de risa.

Se han hecho ya todos los chistes, se ha escrito mucho en la prensa y el fiscal Zaragoza se ha opuesto con contundencia: la causa judicial no se sostiene desde la Ley de Amnistía de 1977 y tiene tintes de Inquisición General. Para remate, los principales protagonistas -a no ser que Garzón nos dé un susto de muerte- llevan decenios respondiendo ante Dios y ante la historia. Penalmente, esto es una pena.

Sin embargo, seamos positivos y no descartemos ciertos efectos benéficos del follón. Aunque es competencia del Estado, quizá ayude a que algunos familiares puedan exhumar y enterrar a sus antepasados. Sería, como titulaba hace unos días José Aguilar, "el acierto del disparate".

Y como mínimo, en cualquier caso, servirá para evidenciar de nuevo el fervor por la amnesia de los antiguos colaboradores de Franco que siguen en activo. Realmente haría falta la pluma de un Shakespeare para describir el mundo interior de quienes prosperaron con el franquismo, y ahora, en vez de hacer una reflexión ponderada sobre aquel régimen, son leales partidarios del olvido y, en cuanto les aprietan, de la condena. Me temo que desperdiciarán otra vez esta oportunidad de aclarar su historia, y es una lástima: aclararían de paso la de España y la de la derecha, que se liberaría así de tantos complejos freudianos como arrastra.

Yo puedo ayudar poco. Esforzándome mucho a lo más que llego es a recordar vagamente el 20 de noviembre de 1975. Eso sí, desde aquí me ofrezco como testigo para Garzón. Aunque muy niño, vi por la tele que Francisco Franco estaba lo que se dice muerto.

Ojo: puede que mi testimonio no fuese tan inútil como parece. Quedaría claro que para una mayoría creciente de españoles (de los algo mayores que yo para abajo) la dictadura es historia. Más que las memorias de unos y de otros -todas respetables- toca un estudio honesto, sin maniqueísmos histéricos, de los hechos tal como fueron. O sea, lo mismo que de los Reyes Católicos, de Atapuerca, de la batalla de los Arapiles o de la Conquista de México. No perdamos la esperanza de que este jaleo tenga un efecto catártico. Cuando hasta los más escépticos se convenzan de que Arias Navarro no mentía, podremos dejar a los historiadores hacer su trabajo. Entonces empezará lo interesante.

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