huracán sobre estados unidos El colaborador del Grupo Joly vive en primera persona el paso del huracán

Eduardo Jordá

Esperando a 'Sandy'

"Frente a mi casa hay un hermoso plátano y dos postes de electricidad con los cables colgando. Si el árbol caía y derribaba los postes, mi casa podía ser una silla eléctrica"

LA semana pasada, en el college de Pensilvania donde ahora trabajo, alguien me comentó que se acercaba un huracán. "Ya ves, nos quejamos de que aquí nunca pasa nada, y ahora resulta que tenemos un huracán". Cuando llegué a casa, consulté las ediciones digitales de los periódicos. Todas hablaban del huracán Sandy, que ascendía desde el Caribe. Los meteorólogos preveían una ruta que afectaría a Nueva Jersey y Nueva York y que luego entraría en Pensilvania, justo por el lugar donde vivo yo. En la televisión, los meteorólogos explicaban que Sandy tenía unas dimensiones sin precedentes, con un diámetro de 1.800 kilómetros y unos vientos de 150 kilómetros por hora. Habría lluvias torrenciales y caídas generalizadas de árboles y de postes de alta tensión, así que era muy probable que nos quedásemos sin luz y que sufriéramos inundaciones que podían durar cuatro o cinco días. Se nos aconsejaba comprar comida y agua para una semana, tener una linterna a mano y dejar preparado un equipo de emergencia por si debíamos abandonar la casa a toda prisa. También se nos aconsejaba que limpiásemos las aceras y desatascásemos los husillos.

El sábado 28 de octubre, por la mañana, empezaron a llegarme mensajes al móvil. "¿Tienes comida? ¿Tienes mantas?". Se me ocurrió asomarme a la ventana. Frente a mi casa hay un hermoso plátano de sombra, y justo al lado hay dos postes de electricidad con los cables colgando. Si aquel árbol se caía -calculé- y derribaba los postes eléctricos, mi casa se podía convertir en una especie de silla eléctrica. Y entonces, por esas asociaciones absurdas de ideas, recordé las últimas palabras de un tal Albert Fish, a quien los periódicos llamaban "el caníbal de Brooklyn" y que había sido ejecutado en la silla eléctrica en 1936: "Qué alegría morir en la silla eléctrica, será el último escalofrío, el único que todavía no he experimentado".

Yo también sentí un escalofrío sólo de imaginarlo, así que decidí bajar al sótano a comprobar dónde estaba el contador de la electricidad, por si tenía que desconectarla cuando empezase la tormenta. Si alguien se pregunta por qué aparecen tantos sótanos en las películas de terror, es que no ha visto cómo son los sótanos de las casas americanas. Mi sótano podría haber servido como salita de estar para el difunto "caníbal de Brooklyn", ya que tiene una especie de cripta de piedra que nunca he querido preguntarme para qué se usó, además de un montón de cables eléctricos colgando por todas partes, no sé si por simple desidia o porque los colocó como decoración un perturbado que antes había vivido aquí. En aquel momento me llegó un ruido muy fuerte desde la calle. Salí a ver qué pasaba. Eran los vecinos, que estaban limpiando la acera con rastrillos y sopladores de hojas. Y entonces decidí irme al Walmart, que es el Carrefour o el Mercadona americano. Compré comida, agua, mantas, una linterna y una chaqueta de plumas para la nieve, por si se iba la luz y tenía que calentarme por mi cuenta.

El domingo 28, por la mañana, Sandy se estaba acercando a la costa de Nueva Jersey, a trescientos kilómetros de aquí. Miré por la ventana: el cielo estaba encapotado y empezaba a hacer frío. A las dos de la tarde oí el tañido de los colgantes musicales que mi vecino tiene en el porche de su casa, y entonces vi que los árboles se movían al otro lado de la vía del tren. Poco a poco empezaba a soplar el viento. Empezó a llover. Vi un cuervo posado en un poste eléctrico que hay detrás de mi casa, y pensé en la posibilidad de que aquel otro poste se cayera por la parte de atrás, perspectiva que habría hecho feliz al "caníbal de Brooklyn" pero que a mí me llenó de desconsuelo. Por fortuna, el viento se calmó. Mandé varios correos electrónicos a mi familia, para tranquilizarla, y les avisé de que podía estar desconectado durante varios días. Luego me fui a dormir.

El lunes 29 me despertó muy temprano el ruido de la lluvia. En la televisión, el teletexto anunciaba que se habían suspendido las clases en todos los colegios y que debíamos quedarnos en nuestras casas. Volví a escribir a mi familia, diciendo que todo iba bien, aunque sabía que no era verdad. Estuvo lloviendo muy fuerte durante toda la mañana, y en la televisión local se repetían los avisos de inundaciones. Me conecté a internet, aprovechando que todavía había corriente, para buscar información sobre las zonas inundables de mi ciudad, aunque sólo logré encontrar una noticia sobre "el traje de sirena de Kim Kardashian". Poco después, el presidente Obama estaba hablando por la televisión. Insistió en que debíamos seguir las instrucciones de protección civil en caso de evacuación. Nadie debía moverse de sus casas. Subí al piso de arriba y estuve un rato mirando por la ventana. Dos estudiantes caminaban tan tranquilos bajo la lluvia.

Una hora más tarde, el gobernador de Pensilvania hablaba en la televisión, acompañado por personal de protección civil y de la Cruz Roja. Anunciaba cortes de luz y un riesgo muy serio de evacuaciones hacia los refugios que se habían preparado. En el ordenador vi un correo de un alumno que me preguntaba qué clases le aconsejaba para el año próximo: "Español para negocios", "Teoría literaria" o "Estudios sobre el Siglo de Oro". Justo en aquel momento, la televisión decía que Sandy estaba tocando tierra en la costa de New Jersey. Aquí se oían ráfagas de viento intenso y el ruido de la lluvia que se estrellaba contra los cristales. Vi a dos estudiantes corriendo empapadas por la calle, luego hubo un amago de corte de luz, y nada más.

Fui a la cocina y me asomé al patio trasero. A menos de un metro había un conejo inmóvil bajo la lluvia, con los ojos muy abiertos, paciente, sereno. Parecía decirme: "No tengas miedo, todo pasará", y estuve un rato parado allí en la cocina, mirando el conejo y la lluvia y el poste de electricidad, hasta que me di cuenta de que reinaba un gran silencio por todas partes. El viento se había calmado y no se oía la lluvia. Me fui a dormir a las 10 de la noche, pensando que aquello era muy extraño.

El martes 30 me desperté a las 05:10. No se oía ruido de lluvia ni tampoco viento. Funcionaba la luz. Mandé un correo a casa diciendo que todo iba bien. A las siete oí el ruido de un coche en la calle. En la televisión decían que había pasado lo peor del huracán y que nuestro condado había tenido mucha suerte: la peor parte se la habían llevado Nueva York y Nueva Jersey. Deshice el equipo de emergencia que había preparado. Luego me puse a mirar por la ventana los coches que pasaban: un Toyota blanco, un Chrysler conducido por alguien que parecía escuchar la radio. Y entonces me tendí en la cama y me puse a mirar el techo hasta que me quedé dormido.

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