NO hay manera de que se aclaren. Aparentemente, Esperanza Aguirre recogió ayer velas tras el emplazamiento de Mariano Rajoy en Elche y anunció que no encabezaría una candidatura alternativa a la de éste en el congreso nacional del PP en junio. Aparentemente: también aludió a que no puede descartar nada cuando las cartas no están todavía repartidas y exigió a su vez que Rajoy le aclare si la está invitando a abandonar el partido.

¿Sigue, pues, la partida? Me inclino a que no, a que ha sido suspendida. A Aguirre no le faltan ganas ni ambición -inocultable, por otra parte-, sino posibilidades de triunfo... en estos momentos. Sus mentores le empujan con el argumento de que ningún aparato puede manejar el voto de tres mil compromisarios en el congreso que podrían optar libremente por ella o por Rajoy, pero este desiderátum ignora cómo funciona un partido tan jerarquizado. Es muy difícil que salga adelante una candidatura sin el respaldo explícito de algunos barones territoriales frente a otra que los tiene todos, aunque sea a desgana en varios casos. Hay que preguntarse también qué equipo podría formar una Esperanza eventual y raramente triunfante.

El caso es que la presidenta de la Comunidad de Madrid, y del PP regional, plantea cuestiones que no son nada desdeñables. La principal, que la dirección del PP, liderada por Rajoy, no ha hecho un análisis autocrítico del fiasco electoral. Como la derrota no fue estrepitosa, Mariano y los suyos aprovecharon para incitar al cierre de filas y obviar el hecho, ya suficientemente constatado, de que las dulces derrotas son, sobre todo, derrotas, y que pronto devienen en amargas. Por otro lado, hay un problema de fondo: el liderazgo del centroderecha no ha sido legitimado por la militancia en un congreso abierto con alternativas diferentes. A Rajoy lo impuso Aznar y ha perdido dos elecciones generales consecutivas. Lo contrario que Zapatero, que pasó por encima del aparato socialista y ha ganado dos veces en las urnas. Lo normal es que Rajoy hubiera dimitido tras el 9-M.

Dicho lo cual, añado que lo que representa políticamente Esperanza Aguirre no conviene a las expectativas electorales del Partido Popular. Ni su liberalismo a ultranza, que le enajena la simpatía de amplios sectores populares, ni su radicalismo en la oposición al Gobierno socialista, que provoca la antipatía del electorado más moderado e induce a la izquierda sociológica a movilizarse a favor del PSOE. No veo yo que las diferencias ideológicas entre Rajoy y Aguirre sean tan agudas como parece. Desde luego, los dos caben de sobra en el mismo proyecto político. Lo que sí les distingue es la forma de concebir la acción política, el talante, la actitud.

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