La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Ante ti, Esperanza

El Gran Poder es la Fe y la Caridad. Tú eres la Esperanza única de los mortales

Te veo, Esperanza, no con mis ojos cansados de tanto leer (y a veces pienso: ¿para qué tantas letras si tu Hijo de san Lorenzo es el único camino, la única verdad y la única vida, y tú eres la eternidad anegando de esperanza nuestras vidas?), sino con los ojos niños con los que en brazos de mi madre te veía y con los que no necesitaré para verte cuando brille sobre mí la luz perpetua en un Cielo -que Dios perdone mi cortedad- que sólo puedo imaginar como una eterna mañana de Viernes Santo en calle Feria.

Ante ti, Esperanza, no soy ni el que soy ni como soy, sino el niño que fui y el alma que seré, el que quiero ser cuando tú me miras y el que no logro ser porque no lo intento con todas mis fuerzas. Que conforme pasan los años me voy dando cuenta de que la pena con la que te dejamos es saber que no seremos capaces de mantener viva la luz que has encendido en nosotros. Por eso, volvemos una y otra a Ti para prenderla, confesándote que hemos pecado contra la esperanza y pidiendo tu absolución.

"Tibi soli peccavi" estaba escrito sobre la puerta del convento del Espíritu Santo ante el que pasas. Una vez, hace muchos años, te vi allí bajo el versículo del salmo y comprendí del todo su sentido. Desde entonces lo recito en macareno: "Contra ti, contra ti solo pequé. Rocíame con el hisopo de tu rostro: quedaré limpio; lávame, quedaré más blanco que la nieve. Haznos sentir tu gozo y tu alegría. Crea en mí un corazón puro y alegre, renuévame por dentro, no me arrojes lejos de tu rostro. Devuélveme, Esperanza, la alegría de tu salvación. Un corazón quebrantado, tú no lo desprecias, lo arropas".

Tu milagro, Esperanza, es que todo esto sucede a la vez. Eres como fuiste y como serás, como te vimos, como te vemos y como te veremos cuando vivamos en la luz de tus ojos. Eres el pasado que vive en nosotros -todos nuestros recuerdos, todos nuestros seres queridos- y el futuro ilimitado que nos anticipas. Eres la eternidad ensanchando el presente hasta preñarlo de eternidad. Eres el nombre propio y el rostro reconocible y familiar que el Cielo tiene para nosotros.

El Gran Poder es una razón para vivir y seguir adelante cargando con lo que la vida nos depare. Tú, Macarena, eres una razón para hacerlo, además, con alegría. El Gran Poder es la Fe y la Caridad. Tú eres la Esperanza única de los mortales. Por eso Sevilla reconoce en vosotros las tres virtudes teologales.

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