Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Esperanza

GANÓ el candidato demócratas Barack Obama y eso está muy bien. Con los años y la experiencia he aprendido a contener las manifestaciones de complacencia. He visto repetidas tantas veces en los viejos documentales las imágenes de gente entusiasta que apenas unos años (o meses) después ha caído en el abatimiento y el desengaño que me resulta inevitable mirar cualquier demostración general de regocijo con el color sepia y contenido que tendrá en el futuro. Pero hoy, apartando la tentación del escepticismo, no quiero desaprovechar la oportunidad de congratularme por la victoria no ya del hombre negro, como proclaman algunos reduccionistas que no quieren ver más que un triunfo racial en una victoria de una enorme trascendencia política, sino de un dirigente que va a encarnar una forma distinta de abordar el gobierno de su país y, por extensión, de organizar las relaciones con el mundo.

La llegada de Obama coincide en el tiempo con la quiebra del ultraliberalismo que ha hundido la propia economía capitalista, que amenaza la del resto de países desarrollados, ha empobrecido a gran parte del mundo y sojuzgado los derechos de millones de semejantes. El fin estrepitoso de la era de Bush y la aparición de un hombre capacitado para emprender la regeneración de Estados Unidos y remontar una complicadísima situación mundial es un motivo de regocijo, al margen de cuál sea el resultado final. El triunfo de Obama significa la derrota de un modelo de conservadurismo depredador que ha enturbiado un largo periodo de la historia y que nos ha conducido no, como se suele decir, al borde del abismo, sino al fondo mismo. Ahí está Iraq a modo de prueba.

La severa derrota de McCain es el descalabro de Bush pero también, como si fuera un juego de reflejos cruzados, de todos los que han apoyado, en contra de la ética de la comunidad mundial, sus tácticas deshonrosas. Cae el último de los tres dirigentes en activo de la foto de las Azores, y acaba el entramado de complicidades más bien grotescas que ha mantenido artificialmente la actividad política de José María Aznar. Se terminan sus giras por Estados Unidos, bajo el padrinazgo de Bush, recolectando doctorados en inglés macarrónico; se acaban sus fanfarronadas rancheras, y su insolencia en nombre del amigo que le permite colocar las piernas encima de la mesa. Y eso es bueno para el equilibrio de todos: para el de quienes nunca han sido de su cuerda y para los que lo fueron alguna vez y ahora ponen distancia.

El triunfo de Obama es, en estas horas iniciales, más de satisfacción por lo que desaparece que de arrobamiento por lo que vendrá. Con él se precipitan muchas cosas injustas aunque el paisaje que hereda es desolador. Pero permítasenos hoy la celebración de la esperanza.

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