horizontes lejanos

Juan Ojeda

Esperanza

COMO prólogo, les diré que esta columna sustituye a la que he mantenido, cada lunes, desde hace varios años con el título de Al punto. El cambio de referencia es porque, a partir de ahora, las escribo en París, donde resido por motivos profesionales. Y cuento esto porque, además de explicar, más o menos, lo de horizontes lejanos, aunque no tan lejanos, quiero justificar el que los contenidos pueden variar con respecto a la etapa anterior ya que, de una parte, la distancia te da una perspectiva diferente y, de otra, los contactos que antes mantenía habitualmente con quienes se mueven en los entresijos de la vida pública se han reducido bastante, por lo cual la información, o desinformación, o mitad y mitad, a los que hasta ahora tenía acceso, me resultan más difíciles de conseguir. Esto tiene, como todo, sus ventajas y sus inconvenientes. Los inconvenientes son de que me entero de menos cosas, y la ventaja es que hay cosas de las que es mejor no enterarse, y así uno puede hacerse el sueco o, como en este caso, el francés.

Así que, hablando de francés -sin chistes- veía el jueves por la noche, en una cadena de informativos francesa, la visita a España de doña Angela, y sus gestos cariñosos con el presidente Rajoy, y coincidiendo esto con el anuncio del presidente del Banco Central Europeo, desde ahora nuestro amigo Draghi, de la compra ilimitada de bonos de los países con problemas, me sorprendió que aparecía, en principio, la bandera española, con escudo incluido, partida en dos y que luego, una vez dado a conocer el plan de salvación de Draghi, conjurando el peligro inminente para nuestro país, se recomponía nuestra enseña nacional, de lo cual se deducía que los periodistas franceses pensaban que el peligro había pasado. Nuestra prima, la de riesgo, seguía bajando y, como en las antiguas balanzas, la bolsa volvía a subir.

Está bien que esto haya ocurrido porque lo que ha hecho el BCE -a pesar de la oposición del Bundesbank- es dar un paso importante para salvar el euro y quitar presión a países como España e Italia, a punto de asfixia por sus problemas de financiación externa. También ha sido un aviso a los especuladores sin fronteras, ni patria, enmascarados tras eso que se llaman mercados. Pero cuidado, porque ese rescate preventivo, o como se quiera llamar, cuyas condiciones tiene ahora España más tiempo para negociar, no termina por sí mismo el problema, aunque sí puede ser el inicio de la solución.

Pero que sepamos que, con más condiciones, o sin ellas, nuestro futuro inmediato se presenta muy duro. Mucha gente lo pasa muy mal y, aunque la mayoría tienen ya el cuerpo hecho, necesitan una puerta de salida hacia la que dirigirse para poder apretar los dientes y caminar hacia delante. De ahí que, una vez más, hay que reclamar claros gestos de grandeza política, tanto a los que gobiernan como a los que están en la oposición. Entre todos tienen que conseguir eso que es muy fácil de decir pero muy difícil de vender: esperanza.

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