LA bronca política en la que han acabado enzarzados todos los partidos del Ayuntamiento a cuenta de la desafortunada frase de Torrijos, que equiparó al PP a un pelotón de fusilamiento,ha ido in crescendo y ya se ha llegado al punto de que en la sede popular de Sevilla Este han aparecido pintadas del tipo "Zoido al paredón" y otra con las siglas del partido inscritas en una diana, al estilo de los proetarras. Si a ello unimos el incidente con Zoido durante su visita a la velada del Cerro del Águila y el cruce de declaraciones de los últimos días, la escalada no puede ser más preocupante. En el primer Ayuntamiento de la Democracia, los concejales podían discutir de forma acalorada en los Plenos, pero no se recuerda que se faltaran al respeto o se insultaran, y cuando acababan las sesiones se les podía ver departiendo amigablemente en cualquier local próximo a la Plaza Nueva, aunque estuvieran ideológicamente en las antípodas unos de otros. Hoy es impensable ver ese tipo de confraternizaciones. No se trata ya de que ni se mezclen entre ellos, es que no se mezclan ni los del mismo partido, como demuestran las dos facciones del PSOE. El Ayuntamiento se ha convertido así en una gran metáfora de la evolución de la sociedad española en los 30 años de Democracia: la crispación y los enfrentamientos personales por razones ideológicas han sustituido al espíritu de concordia de la Transición. Aunque esos tiempos nunca vuelvan, los concejales que forman parte del Ayuntamiento en representación de todos los sevillanos, sean del signo que sean, deben reflexionar sobre la espiral de tensión y enfrentamientos verbales que vienen alimentando desde hace semanas y preguntarse si constituyen el mejor ejemplo para sus conciudadanos. Nos consta fehacientemente que Torrijos está arrepentido de la frase que, a la ligera, dijo en relación con el PP y, aunque siga manteniendo su rechazo a la forma de hacer política de Zoido, lo cortés no quita lo valiente: el portavoz de IU no puede ni debe guardar silencio ante episodios como el de las pintadas en la sede de los populares, ni ante la escalada de declaraciones que sólo contribuyen a echar más leña al fuego. Esta bronca política ha llegado demasiado lejos y es más necesario que nunca enfriar el ambiente, condenar las amenazas y, reconociendo con humildad los propios errores, recuperar al menos el respeto mutuo, porque si los políticos no se respetan entre ellos mismos difícilmente lograrán el respeto de los sevillanos.

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