La ventana

Luis Carlos Peris

Espléndido el Señor, pero sobraba la cruz

HASTA se ensució el cielo para ponerle sordina a la luz de este domingo pascual y convertirlo en algo parecido a Viernes Santo cuando tras la hora sexta aparecieron los cárdenos y atronaron los espacios. Era un refulgente domingo pascual y el Señor se mudaba, abandonaba su casa para irse a convivir con las capuchinas a tiro de piedra de la morada propia. Era un luminoso domingo pascual y aunque la luz se había atenuado no era Viernes Santo, quizá por ello chocaba un tanto que el Señor caminase como si fuese Viernes Santo, con la cruz a cuestas. Iba espléndido el Señor con su túnica lisa cayéndole a plomo, pero quizá se le debiera de haber exonerado de esa carga tan pesada. Bien podría haberse paseado por su barrio en este domingo tan cercano ya al Pentecostés que cierra la Pascua como se expone en besamanos, sin la dichosa cruz que tanto pesa y que tan a contraestilo parecía.

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