Un día en la vida

Manuel Barea

Estimulantes

PARECE que dos de las preguntas más interesantes que hizo la periodista estrella al candidato muy bien valorado en las encuestas -condición que apenas le va a servir de algo el 26-J- fue si consumía estimulantes y si es gay. A ambas cuestiones el político respondió no. A la primera, incluso molesto. Del candidato hubo en su día quien dijo que esnifaba cocaína. Fue un dirigente de otro partido en tono despectivo y acusatorio. El candidato lo denunció. Hubo quien le dio la razón al otro político. Muchos dedujeron de una aparición pública del candidato muy bien valorado que su comportamiento denotaba los efectos de un par de tiritos. España es el país con más expertos en drogadicción que jamás se han drogado. Además se extendió rápidamente una imagen del candidato mostrando lo que a muchos les pareció una euforia desconcertante. Ahora la tienen almacenada en su ordenador o en el móvil. El coleccionismo de pamplinas no conoce límites.

Desconozco si la periodista estrella o el candidato muy bien valorado han leído Historia de los estimulantes, de Wolfgang Schivelbusch. Es muy probable que no, ni falta que les hace. Pero de haberlo hecho habrían sabido que la periodista estrella inquiría del candidato muy bien valorado si había probado alguna vez, por ejemplo, el café, el té o el chocolate. Hay que suponer que la respuesta habría sido distinta. Si no, el candidato estaría mintiendo -desconozco si en esta ocasión también, ni me importa-, porque los telespectadores ya lo vieron con el candidato de otro partido compartiendo un café en otro programa.

Es tan notoria como ridícula la aversión que se tiene ahora a llamar las cosas por su verdadero nombre. Si la periodista estrella consideró interesante preguntar a su entrevistado si se droga, ¿por qué no le preguntó si toma drogas? O directamente si se mete cocaína, que es la sustancia cuyo consumo preferente atribuyen al candidato. Asunto que, por lo demás, ¿a quién le importa? Ah, sí, olvidaba ya que vivo en un país de inquisidores de la derecha y ayatolás de la izquierda dedicados a excomulgar a quienes ejercen su libertad individual con una insania sólo comparable a la mutilación mental que se infligen a sí mismos, rancios reprimidos que lo mismo cuchichean que vocean contra la intimidad del primero que colocan en su punto de mira convencidos de que esa libertad que tanto dicen defender debe dispensarse a los demás a su modo y manera, no vaya a ser que nos estimulemos como ciudadanos libres más de la cuenta. Eso los aterroriza.

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