La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Eterno instante macareno

Nunca tan poca superficie esculpida y tan breves instantes alumbraron, alumbran y alumbrarán tantas vidas

Cuánto tiempo estamos ante la Esperanza en su besamanos? Menos de un minuto. ¿Cuánto estamos ante su paso en la Madrugada? Unos minutos si respetamos a los cirios verdes. Y si la vemos llegar desde la orilla del cortejo hasta rendirnos a su perfil, fina frontera entre la eternidad y el tiempo, sólo añadimos unos pocos minutos más.

¿Qué vemos tanto en su besamanos como en su paso? Sólo un rostro de unos pocos centímetros. Si, ya sé que Juan Manuel -no solo él, pero sobre todos los demás él- logró rodearla, como Marmolejo hizo después en su camarín, de un juego de espejos en forma de mantos, corona, sayas y palio que multiplican su rostro como si cuanto la rodea fuera emanación, resplandor, aura y nimbo de la luz de su cara. Así cuando se la ve en su paso o en su besamanos tras serle restituida la proximidad que nunca se le debió quitar, todo es Macarena, multiplicación de la gracia.

Pero la realidad es que estamos ante el breve milagro de su rostro solo unos segundos en el besamanos y unos minutos en la Madrugada. Y sin embargo, nunca tan poca superficie esculpida y tan breves instantes alumbraron, alumbran y alumbrarán, fundamentaron, fundamentan y fundamentarán tantas vidas. Se puede decir de la Macarena lo mismo que de la propia Virgen María en el Nuevo Testamento: nunca tan pocas palabras arrojaron durante tanto tiempo tanta luz sobre tantas existencias. Solo en cuatro escritos -los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas más los Hechos de los Apóstoles- de los veintisiete que conforman el Nuevo Testamento se dice su nombre de María. El evangelio de Juan únicamente se refiere a ella como la madre de Jesús. Ni Santiago, ni Pedro, ni Judas hablan de ella. Pablo sólo la alude una vez, sin nombrarla y de forma indirecta. Y además sus apariciones en los textos son raras, breves y casi siempre mudas. María solo habla en los Evangelios cinco veces, siendo la última en un momento tan temprano como las bodas de Caná. Pero la fuerza de esta figura de la que tan poco sabemos es tal que ha inspirado a teólogos, poetas, pintores, escultores y compositores durante dos mil años. No existe representación más tierna de la maternidad que la Madonna ni símbolo más universal del dolor que la Piedad.

Lo mismo sucede con el rostro de la Esperanza y los segundos o minutos que ante él estamos. ¿Cuánto duran? Una vida atravesada por la eternidad. Este es el milagro del eterno instante macareno.

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