Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Europa bipolar

QUÉ ocurriría si algún griego o chipriota en paro y con problemas mentales le pegara de pronto un tiro a un político alemán?". La pregunta es de un prestigioso analista internacional y profesor de Oxford, Timothy Garton Ash, y pretende crear un paralelsimo del presente con los preámbulos de la Primera Guerra Mundial, cuando -justo hace un siglo-un complot serbio acabó con la vida del Archiduque Carlos, heredero del Imperio Austrohúngaro. La respuesta a tan inquietante evocación exige posicionarse sobre qué es Europa hoy, en caso de ser algo más que un Frankenstein hecho de miembros diversos y cada día más atrincherados, unidos a la fuerza por una moneda, el euro, que aparentó ser un fenomenal éxito con el viento en popa, pero que es la madre de todas las desavenencias en medio de la tempestad. La mejor respuesta a la pregunta es que un asesinato de tal simbolismo haría que el maniqueísmo Norte hacendoso-productivo-subisidiador frente a Sur tramposo-derrochador-subsidiado se suavizaría, y el trauma provocaría una reducción de las declaraciones faltonas cada día más frecuentes en este fuego cruzado entre las dos europas, una de las cuales ha de herlarnos el corazón. Mientras Alemania no entienda que el estímulo de su demanda interna es la vía más nítida para la recuperación de la armonía comercial europea, la polarización no hará más que crecer. Para que Frankenstein no siga destrozando todo a su paso, la política necesaria es justo la contraria de la que Alemania se autoimpone e impone a sus socios comunitarios: exportar, sí; avivar el enorme potencial de su demanda interna, no. Miope y dañino.

Obviemos extrapolar las tensiones étnico-fiscales Norte-Sur a nuestro país, pero vayamos un momento a España. Esta semana, la Fundación BBVA ha publicado el estudio Values and Worldviews, que ha generado titulares como éste: "España, el país más anticapitalista de Europa". Que la realidad no te estropee un titular. El estudio va mucho más allá de tal simplificación, y pone de manifiesto que la discrepancia entre los polos más o menos geográficos de la Unión Europea son sustanciales en la forma de concebir el gobierno de la maltrecha causa común. Mientras que la mayoría de los encuestados españoles creen que la solución pasa por estimular la demanda y con ella el crecimiento (el 58,7%), más de la mitad de los alemanes piensa justo lo contrario: reclaman para sí, y no digamos para los periféricos (en lo que hemos quedado...), recortes y ajustes para cuadrar las cuentas públicas. No hay nada más lindo que la familia unida, cantaba Fofó. Lo contrario también es verdad.

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