La tribuna

Europa y el cambio climático

HACE unos días participé en la Global Jean Monnet Conference convocada por la Comisión Europea, en Bruselas, para analizar la búsqueda de propuestas y soluciones a problemas mundiales relacionados con el desarrollo sostenible. Se trataba de una reunión que contó con los políticos que toman decisiones a niveles importantes, como miembros de la Comisión Europea, incluyendo a su presidente, Durao Barroso; el Parlamento Europeo, Naciones Unidas, etcétera. Sin embargo, el grueso de los participantes eran científicos de altísima cualificación que pudieran contar sus experiencias, desde ópticas objetivas y diferentes.

Se habló del problema del agua, de la energía, de los movimientos migratorios y las consecuencias sociales de la falta de desarrollo sostenible. Pero, sobre todo, la estrella fue el cambio climático. Hubo terribles críticas a Europa porque se ha demostrado que sus normas medioambientales no disminuyen el crecimiento de emisiones de CO2 a la atmósfera, porque su liderazgo, que es por defecto, no tiene credibilidad, porque su sistema de canje no ha producido ningún éxito en la reducción de las consecuencias medioambientales.

También hubo crítica a la inconsciencia de la sociedad civil, a la responsabilidad de la prensa que no participa adecuadamente en la construcción de una conciencia pública, a Sarkozy, que vende centrales nucleares para la desalación de agua de mar, en Marruecos o Argelia, demostrando que no es un guerrero verde, como le han llamado. Igualmente hubo críticas a los neoliberales que niegan el problema o a los neosocialistas que critican la imposición de tarifas sobre el agua para evitar el despilfarro.

Ahora bien, lo que sobre todo se discutió es cómo enfocar el problema. Los científicos fueron de lo más variados, desde geólogos hasta físicos, desde demógrafos hasta médicos, pasando por juristas internacionalistas, como era mi caso.

La Unión Europea ha reconocido ya, por boca del presidente de la Comisión, que el cambio climático es una realidad que puede poner en peligro la paz mundial (cuenta con numerosos avales científicos). Por ello, aunque un poco tarde, se impone tomar medidas que supongan no sólo un alivio para este problema, sino un ejemplo para que otros nos sigan.

La Unión Europea ha apostado por las energías renovables (España es un ejemplo de ello) para reducir la dependencia del combustible fósil (no sólo por razones económicas). Se hacen políticas de desarrollo adecuadas y se exporta tecnología limpia. Sin embargo, debe hacer mucho más. Su estrategia tiene que tener en cuenta la seguridad de los suministros, la competitividad y la inversión en innovación.

La tercera revolución industrial, que debe crear una sociedad de bajo consumo en carbono, hay que ganarla. Con sólo comer menos carne de lo que se consume en Europa, en la actualidad, podría reducirse significativamente el nivel de emisión de CO2 a la atmósfera, y no me refiero al metano que producen las ventosidades de las vacas, sino al consumo que requiere la ganadería intensiva (que supone un 18% de las emisiones). También se pueden modificar los hábitos de los ciudadanos, se pueden poner límites en la fabricación de vehículos, se puede innovar en energías limpias y renovables, promoviendo en el interior de Europa su consumo sostenible y exportando estas tecnologías limpias a los estados en vías de desarrollo, se puede optimizar el consumo energético o apostar por su eficiencia.

Ahora bien, el problema del cambio climático es un problema global; por tanto, todas las medidas tienen que ser simultáneas, adecuadas y a tiempo. No olvidemos que la diferencia entre la Edad del Hielo y la Europa que conocemos hoy día es tan sólo de seis grados centígrados. Por tanto, el calentamiento global acelera diferenciales imprevisibles.

Como nos dijo el presidente de la Comisión, hay señales alentadoras porque muchos gobernadores norteamericanos, en contra de la actuación federal del Gobierno Bush, se han unido ya a la estrategia de la Unión Europea, incluyendo a California, New Jersey o Nueva York, así como los gobiernos de Noruega, Canadá o Nueva Zelanda. China, tras asegurarse sus suministros, tiene ambiciosos objetivos medioambientales, en consonancia con la Unión Europa.

Por tanto, cualquier cosa menos la desesperanza. Llevamos años de retraso, hemos iniciado medidas que han respondiendo a los retos propuestos. Sin embargo, ya hemos comprendido la necesidad, hemos aceptado la realidad y tenemos la conciencia de que hay que establecer medidas en todos los niveles, ciudadanos-consumidores, industriales, gobiernos nacionales y organizaciones internacionales. No se puede esperar más y para ello se necesita el compromiso de todos.

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