la tribuna

Pablo A. Fernández Sánchez

La Europa cínica y la Europa humillada

ESTA semana más que nunca aflora un sentimiento de humillación cuando se está a la espera de que dos líderes europeos, por muy importantes que estos sean, decidan o no refundar Europa.

En realidad lo que se está decidiendo es algo que debió decidirse cuando se estableció el euro como moneda común. Incluso Jacques Delors lo ha reconocido estos días. No podía ser sostenible una política monetaria común sin integrar la política financiera y la política fiscal. Sin embargo, aquel paso, con todas sus dificultades actuales, se dio en la dirección correcta. Europa no podrá tener una capacidad global si sigue enrocada en diminutas entidades políticas, por mucha historia que haya detrás. Lo saben bien los griegos.

Los desafíos del mundo contemporáneo y los nuevos actores globales exigen, inevitablemente, una adecuación histórica. El modelo de una Unión Europea que defienda sus valores ad intra y ad extra, es un modelo necesario. No cabe discusión.

Ahora bien, los egoísmos nacionales siguen prestando flacos servicios a los ideales unionistas europeos. No hay que ser hipócritas. No sólo son euroescépticos los conservadores británicos o los conservadores polacos o checos. Son mucho peores los dirigentes franco-alemanes que hablan de refundar Europa desde sus minúsculos despachos de París o Berlín.

¡Qué pronto se han olvidado en estas dos capitales del esfuerzo del resto de Europa para su prosperidad! Es más, qué cínicos cuando exigen cumplimientos económicos imposibles mientras Francia vende (impone) a Grecia fragatas sofisticadísimas y helicópteros de última generación y Alemania vende (impone) submarinos supersónicos, a costosísimos precios, mientras les exigen imposibles recortes, sin el oxígeno del crecimiento económico. Qué cínicos cuando compran deuda soberana griega (o italiana o española) a altos intereses con dinero prestado a casi cero puntos de interés.

Y ellos que tantas veces incumplieron los criterios de convergencia, qué exigentes están ahora con los débiles, sean cuales fueren las causas de esta debilidad.

Sé bien que nuestros políticos del sur no han hecho de forma adecuada sus deberes. Sé bien también que hay problemas estructurales, políticos y territoriales de difícil solución e igualmente sé que hay que hacer esfuerzos titánicos para superar esta crisis, pero lo haríamos mejor si estuviéramos acompañados.

Aunque algunos crean que los genes de los alemanes son diferentes, no lo son, como no lo son los de los catalanes o vascos. Hay condicionantes históricos, intereses económicos y políticas deliberadas que hacen que unas tierras se industrialicen más que otras y que su crecimiento económico, su empleo, su dinámica social, se desarrollen a ritmos diferentes. Por eso se necesita a la Política, para que redistribuya y equilibre.

Ellos saben lo que es estar humillados y ellos saben lo que les ha supuesto la solidaridad. El uno vivió la ocupación alemana de París. El otro vivió la derrota más humillante de la historia. Los dos saben que sólo salieron de estos agujeros gracias a la integración europea y a la ayuda exterior.

No es soportable que sean ellos los que hablen en nombre de Europa, incluso escondiendo la bandera. Tenemos que ser todos y tienen que ser los responsables institucionales. Hay quien piensa que Europa será alemana o no será. Por el contrario, yo pienso que Alemania será europea o Europa no será; pero Alemania sin mercado interior tampoco será. Trescientos millones de consumidores dejaríamos de comprar sus televisores, coches o instrumentos de óptica. ¡Y pobre Alemania sin la despensa alimentaria de calidad como la que le ofrecemos el resto de Europa!

Por tanto, no es tiempo de reproches, aunque sí de análisis, no es tiempo de dos velocidades en una Europa interdependiente, sino de liderazgo, de esfuerzos colectivos, por egoísmos, como lo fue el Plan Marshall que terminó reconvirtiendo la industria norteamericana, eminentemente militar por la guerra, a una industria civil que intercambiara productos con sus socios europeos.

Desde luego, hay que recuperar la fe en las capacidades europeas. Tenemos instrumentos, tenemos personas, tenemos ideas. Sólo nos falta voluntad. Pero una voluntad colectiva, un liderazgo común, un dirección institucionalizada.

Ni siquiera es necesario reformar los tratados. Basta cumplir los que tenemos. Ahí están el art. 3 del TUE y el art. 127 del TFUE. Hay cauces para hacerlo, incluso desde el Parlamento Europeo, y cauces para no hacerlo, haciendo acuerdos multilaterales en el seno del eurogrupo. Lo que más importa es que estemos todos juntos, decidiendo, aportando, comprometiéndonos. Que no se obligue a que se vuelva a hablar de la vieja Europa y la nueva Europa.

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