DE POCO UN TODO

Enrique García-Maíquez

Europa tiembla (con razón)

Amenudo se tiene la sensación de que los políticos europeos están ciegos ante las amenazas del islamismo radical. Hablan alegremente del vecino del sur, de la Alianza de Civilizaciones, de mucha tolerancia (siempre por nuestra parte, jamás recíproca). No se plantean, ni por curiosidad científica, si esto del "islamismo radical" se está volviendo una redundancia. Sus briosas denuncias contra las violaciones de derechos humanos se convierten en un murmullo inaudible, tamizado por el multiculturalismo, en cuanto suenan, a lo lejos, las salmodias que emanan de la torre del muecín. La suerte de las mujeres y de los homosexuales y de los cristianos que quedan por aquellos pagos es…, ejem…, vaya…, bueno…, mala suerte.

Pero nuestros políticos no están ciegos: sólo cierran los ojillos, como niños asustados. ¿La prueba de que ven? Pues que en cuanto vislumbran que alguno escribe, filma, dibuja o comenta algo que pudiera herir la extrema susceptibilidad del Islam corren, se abalanzan, se matan por apagarle la cámara, por despuntarle el lápiz, por gritarle: "¡Chitón!". Cada uno a su modo, Benedicto XVI en Ratisbona, Oriana Fallaci, Ayaan Hirsi Alli, Cesare Cavalleri, Kurt Westergaard son nombres propios y además símbolos de la libertad de expresión a la que renuncia Europa en cuanto huele peligro. El último episodio está siendo la película sobre el Corán del holandés Geert Wilders, que nada menos que el Consejo de Europa y el Secretario General de la ONU ya -les ha faltado tiempo- han censurado.

Podría pensarse que se debe a una fina sensibilidad hacia las creencias y los sentimientos del prójimo, pero en cuanto uno recuerda las chacotas gordas que aquí se traen con gran aplauso de crítica y público contra Jesucristo, sus fieles y su jerarquía y contra las tradiciones y los valores propios de Occidente, se ve que no se trata de una sensibilidad muy fina que digamos ni muy equitativa.

Se trata de terror. Y yo no pretendo hacerme el temerario y afear a nadie el miedo, porque es normal y uno también lo siente. De hecho, eso es lo que busca (¡y vaya si lo logra!) el terrorismo, como su nombre indica. Todos los datos, desde la evolución interna del islamismo hasta la de nuestra decadente demografía y los consecuentes flujos migratorios masivos, son para tentarse bien la ropa.

El reciente converso al catolicismo, Magdi Allam, subdirector del Corriere della Sera y decepcionado luchador por un Islam moderado, ha exhortado enérgicamente a la Iglesia -ejerciendo su estrenada libertad de hijo suyo- y a toda Europa a no tener miedo. Yo, humildemente, animaría por lo menos a vencerlo.

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