La tribuna

carmen Pérez

Europa, en tratamiento

LA palabra crisis viene del verbo griego krínein que puede significar separar o decidir. Crisis es algo que se rompe y porque se rompe hay que analizarlo. La crisis o posible separación o rotura es un punto crucial y decisivo. En medicina es usado para referirse a cuando uno está al punto de la muerte. Ante la actual crisis, los políticos de las altas finanzas europeas han decidido que Europa necesita para seguir respirando de una mayor integración financiera.

Las primeras actuaciones han ido dirigidas hacia la mejora de la supervisión. En realidad, en este tema se trataba sólo de aumentar la cantidad y la calidad de la dosis. Una nueva arquitectura de supervisión financiera, la han denominado. Así, ante la descoordinación que se ha puesto de manifiesto estos últimos años, tanto de índole geográfica como de índole funcional, se ha creado una entidad que supervisará -junto con las autoridades nacionales- a los tres sectores financieros conjuntamente: la banca, los mercados y lo seguros; y ante la necesidad de velar por la estabilidad del conjunto se constituye el Consejo Europeo de Riesgo Sistémico, que vigilará especialmente a las grandes entidades, ésas que pueden provocar importantes efectos en cascada.

Pero el diagnóstico del mal sufrido señala que eso no es suficiente. El nuevo tratamiento prescrito es el proceso de Unión Bancaria Europea -con el Banco Central Europeo al frente-, que se irá aplicando en fases sucesivas. Dos razones primordiales se alegan para justificarlo: evitar que se produzcan en el futuro más círculos viciosos entre dificultades bancarias y deuda soberana, y conseguir una estabilidad financiera que permita la correcta transmisión de la política monetaria para mantener la inflación a raya.

Este proceso, que se supone largo, empieza por determinar unas mismas reglas de juego para todos los bancos europeos. En realidad esto es camino allanado, porque ya se había recorrido en gran parte en años anteriores y, por tanto, también aquí se trata sólo de afinar, ampliar y mejorar las normativas que ya existían.

Un segundo y un tercer pasos: que funcionen un Sistema Único de Supervisión Bancario y un Sistema Único de Resolución Europeo, es decir, que se ceda poder desde los Estados a una entidad supranacional para que sea desde allí donde se supervise y se decida el futuro de determinados bancos -los más grandes-, por lo que en Alemania, con entidades pequeñas, se libran casi todos. Ya está en marcha el primero de los sistemas y las fricciones sólo existen ante la posible incorporación voluntaria de países, como Reino Unido, que conforman la Europa fuera del euro. Por su parte, también se están discutiendo los principales términos para la resoluciones y liquidaciones bancarias: accionistas, tenedores de preferentes y obligaciones subordinadas, bonistas y finalmente depositantes con saldos superiores a 100.000 euros, será el orden que regirá a la hora de afrontar las pérdidas. Ninguna novedad, por otra parte, aunque en Europa, a diferencia de Estados Unidos en el que cada año caen decenas de entidades, no haya querido aplicarse.

El proceso se completaría con dos pasos más: que exista un Fondo Europeo para rescatar bancos en dificultades y que se constituya un Fondo Único de Depósitos. Y aquí es donde verdaderamente veremos si el paciente responde. Porque con ellos se trata ya de comprometer dinero, no sólo voluntades. Es verdad que la intención es que el fondo de rescate sea un mecanismo de capitalización de último recurso, que proporcione seguridad y que nunca tenga que ser utilizado, pero hablar de dinero es hablar de palabras mayores. Por aclarar las implicaciones: la ayuda europea a los bancos españoles, unos 60.000 millones de euros, ha sido recibida vía Estado español, es decir, todos los españoles respondemos de la devolución de la ayuda prestada a nuestros bancos. Y si actualmente algún banco español quiebra sería nuestro fondo el que respaldaría sus depósitos. Con estos nuevos fondos europeos, el entendimiento sería Banco-Europa, prescindiendo de las procedencias nacionales.

Como vemos, con esta crisis nuestros políticos han optado por la decisión y no por la separación. Y la decisión ha sido más Europa. Están convencidos de que estamos preparados para estos cambios, y sus propuestas atestiguan que los Estados miembros quieren hacer más profunda la Unión Europea. Pero visto lo visto estos últimos años, en los que cada país ha barrido para su casa, el escepticismo nos invade. Pensar en que se van a superar los intereses nacionales y nos vamos a comportar como una sola nación parece hoy en día misión imposible. El tratamiento, con todo, está prescrito; ahora no queda más remedio que esperar a ver si lo acepta y lo digiere con provecho el paciente.

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