La tribuna

Alfonso Lazo

Europa, ¿quién eres?

Acomienzos del presente año la paleoantropóloga argentina Marta Mirazón descubrió en Kenia una fosa común con 27 individuos asesinados diez mil años atrás. Ninguna sorpresa entre los estudiosos y especialistas que conocen cómo hasta la llegada de los colonizadores las guerras tribales en África y los sacrificios humanos fueron cosa común y propia de los pueblos primitivos. También Europa conoció tales matanzas rituales en el neolítico; no obstante, sospecho que la noticia debe haber incomodado mucho al imaginario buenista europeo, convencido en su ignorancia de que fue el hombre blanco quien introdujo la maldad en los supuestos paraísos de América y África. De ahí un complejo de culpabilidad. Los europeos nos sentimos culpables de todo lo malo que ocurre en el mundo. De ahí el sentimiento de fracaso y pecado que paraliza a la Unión Europea.

¿Qué ha sido de ti Europa? se lamentan voces autorizadas. ¿Qué ha sido de tu antigua tolerancia, tu diversidad, tu apertura? Mas sería prudente distinguir en estas quejas las voces de los ecos, porque una cosa es la Historia y otra la narración inventada. Distinguir entre el mito y la verdadera Historia es el único camino capaz de mantener viva la fe en la unión del continente como "proyecto sugestivo de vida en común".

¿Europa abierta? ¿Cuándo? Primero fue el limes defensivo de Roma contra los bárbaros que llegaban de todas partes; luego, el freno a la expansión mahometana en Poitiers; después, una reconquista de ocho siglos para devolver la antigua Hispania al Occidente. ¡Baja el turco! gritaban con horror los pueblos de Europa si los sultanes de Estambul se ponían en movimiento hacia el Oeste: Viena, Hungría, Lepanto cerraban el paso, mientras en España el emperador Carlos empujaba las fronteras del Sur hacia el norte de África. Los maravillosos tapices sobre la conquista de Túnez que guarda el Alcázar de Sevilla y las torres vigías de las costas andaluzas dan cuenta de aquella realidad histórica.

Ciertamente hay una historia real de hondas raíces nutricias. Las raíces de Europa que le dan una personalidad distinta y moderna a la del África y Asia: el Renacimiento, la Ilustración, la cultura grecolatina, el cristianismo. Es la Europa de la fe y la esperanza, el proyecto que trazaron los padres fundadores de la UE después de la Segunda Guerra Mundial: no más guerras entre naciones del continente, libertad, derechos humanos, democracia y una futura unión política con un verdadero Gobierno y un verdadero Parlamento; pero si alguna de esas raíces de Europa se cercena el proyecto sugestivo se convierte en un artefacto sin alma, incapaz de ilusionar a nadie. Por desgracia, en el momento fundante de la UE quedó cortada a conciencia la más profunda de sus raíces: la raíz cristiana. El periódico que es faro y guía del progrerío patrio preguntaba no hace mucho al historiador británico Ian Kershaw: "¿Cree que Europa corre el riesgo de perder su identidad. Una identidad que viene del Renacimiento, de la Ilustración y de la enseñanza de dos guerras mundiales?". Ni mención al cristianismo: difícil saber si se trata de una ignorancia supina o de una ceguera sectaria. En todo caso, ya hay quienes ponen en cuestión la vieja cultura grecolatina en favor de otras culturas caracterizadas por su estancamiento y el rechazo de la modernidad.

No se trata de que Europa deba ser a la fuerza cristiana y los europeos convertirnos en piísimos creyentes; ni siquiera se trata de identificar, como hacía Erasmo, la concordia entre las naciones de Europa con la reactivación de la fe cristiana y el renacimiento de las buenas letras y los altos estudios, sino de reconocer que sin cristianismo habría sido imposible el Humanismo de los siglos XV y XVI de un Lorenzo Valla, un Ficino, un Pico de la Mirándola, un Erasmo, un Tomás Moro, un Melanchthon (todos cristianos como el Renacimiento mismo) que plantaron los pilares de Las Luces del XVIII y el desarrollo moderno. Más aún, si el cristianismo no hubiera desacralizado la naturaleza del mundo antiguo, llena de dioses, nunca podría la ciencia haber hecho su aparición. Al negar, entonces, su raíz más honda la Unión Europea nació tarada, sin valores fuertes con los que contrapesar los fuertes valores de los Estados Unidos (patriotismo y cristianismo) y el valor fanático de la Yihad. Carente de autoestima, renegando de su mejor y auténtico pasado, horrorizada con el futuro que se le viene encima, Europa ha entrado en una crisis moral profunda.

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