Visto y oído

Antonio / Sempere

Europa

POR favor, saquemos pecho. Nuestra gala de los premios Goya da cien vueltas a la de los Premios del Cine Europeo. Si no lo creen, lean las crónicas, en sus respectivos rotativos, de quienes estuvieron allí de primera mano. Los cronistas Olga Pereda, Salvador Llopart, Elsa Fernández-Santos o Luis Martínez. Todos coinciden en que lo de Tallin fue gélido y aburridísimo, no solo por la temperatura exterior. Les conozco y me fío de su criterio. Sé que no hablan así por chauvinismo.

Los premios EFA, auspiciados por Wim Wenders, y con un patrocinador tan solvente con la lotería alemana, no han cuajado. No tienen la relevancia deseada. En las primeras ediciones la televisión pública nos ofrecía la gala, en diferido, varios días después de haberse celebrado. Yo me quejé varias veces por este tratamiento desganado. Pero lo que allí veíamos siempre era algo descafeinado y desvaído.

Por eso digo que podemos sacar pecho y decir alegremente que nuestros Goya, como gran fiesta del cine, son bastante más divertidos y bastante más relevantes. ¿O acaso alguien cree que en Tallin, en Copenhague, en Roma o en Dublín la tristona ceremonia tuvo más eco que por estos lares? Los Goya, al menos, son nuestros. Los EFA, como no son de nadie, sólo una entelequia de Wenders, a nadie importan ni emocionan.

No es mal perder, aunque no nos hiciera gracia que Celda 211 y El secreto de sus ojos se fuesen de vacío. Aunque lo más indignante es que en un año de grandes ausencias, en el in memoriam se olvidasen los nombres de Berlanga y Eric Rohmer. Ahí no tienen perdón.

La noche del 13 de febrero será mucho más divertida y emocionante.

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