El poliedro

Europeos a contracorriente

Igual que los carriles bici han sido una decisión 'ilustrada', España ha vampirizado a una Europa avanzada

CON mayor o menor kilometraje y número de usuarios, varias ciudades andaluzas han creado redes de carril bici. En algunos casos, como el de Sevilla, el éxito es incontestable, aunque se han sucedido las críticas más o menos razonables, en muchos casos propias de una tierra en la que ir en bici, siendo adulto, significaba estar tieso: cuanto más subdesarrollado es un sitio, más preponderancia tiene el coche y más prepotentes y narcisistas suelen ser sus conductores. El proyecto de carril bici debe considerarse ilustrado, "por el pueblo pero sin el pueblo", porque no había clamor popular alguno, aun siendo ideales las condiciones de las ciudades, salvo encomiables iniciativas de asociaciones minoritarias. Y cuando se nos pone a las criaturas la infraestructura y hasta bicis semigratuitas -con coste cero para el consistorio, al menos en el caso sevillano-, y eclosiona este excelente medio de transporte... surgen, de un lado, fundamentalistas de las dos ruedas que se llevan a su padre por delante si éste osa invadir su carril, y más o menos habilidosos ciclistas que no reconocen el mayor derecho del peatón en aceras y zonas peatonales. Una minoría, pero considerable y muy notoria. Y es que las cosas -en la movilidad y en la economía- tienen su tiempo y su cochura, que es a lo que vamos. El hábito no hace al monje, y nuestra sociedad y nuestra economía se han visto impulsadas no sólo en su crecimiento, sino en su desarrollo, por el hecho de pertenecer al club europeo. Y disculpen el largo preámbulo.

Esta semana hemos conocido un nuevo síntoma de nuestra singularidad como europeos: Europa remonta el vuelo con prometedora aceleración mientras nosotros nos desinflamos. España no se alejaba tanto de las tasas de crecimiento de la UE desde hace más de una docena de años. Alemania, financiadora nata, vuelve por sus fueros y señorea, como dice su himno, über alles, por encima de todo. El motor del continente, el más productivo e industrial, el campeón mundial de los exportadores. Francia, por su parte, crece el doble que nosotros, según los datos del primer trimestre del año. En la fase anterior, durante varios años, la cosa ha sido al revés. En glaciales términos agregados, probablemente, el enfriamiento nos siente bien si no es demasiado prolongado y dañino con el empleo y el superávit del Estado, y somos capaces de generar alternativas a nuestra forma de crecer , versión boom del inmoconsumo. En cualquier caso, el frío está servido: fue bonito mientras duró. Ciclos, modelos de crecimiento y burbujas están detrás de esta evolución comparativa, pero nuestra pertenencia a Europa y nuestra relación con ella es una historia de buen árbol y buena sombra. Más allá del maná de los fondos de cohesión y estructurales -que, en cierto modo, tienen como fin la preparación de un territorio para el consumo, con contrapartidas en know-how o militares-, Europa ha sido positivamente vampirizada por España, y se ha dotado de un marco legislativo y unas iniciativas medioambientales y sociales que en absoluto estábamos preparados para desarrollar por nosotros mismos en tan corto plazo, y que el pueblo español en absoluto reclamaba. Como los carriles bici en las ciudades se implantan por una decisión ilustrada y, en cierto modo, aristocrática, la Unión Europea ha sido para nosotros una excelente teta que, bien que mal, hemos aprovechado. Y nos ha dado un aire de nuevos ricos despreocupados, ufanos y ultraconsumidores, con el tiempo, esperemos que remita. Pero ése es otro cantar.

En lo económico, y aparte del gran mercado común, el euro ha sido una especie de caja negra donde se ha maquillado nuestra falta de competitividad sin poder recurrir ya a la devaluación de la moneda nacional (que no existe), al tiempo que hemos tenido tipos bajos con inflación alta al no depender aquél del Banco de España: gas permanente sobre el calentamiento. Por otro lado, el euro es la madre de un empobrecimiento muy europeo, de ricos que compran naranjas por unidades. Europeos, os recibimos con alegría...

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