La tribuna

Alfonso Ramírez De Arellano

¿Eutanasia? Vida y muerte dignas

PENSAR en una muerte digna implica reflexionar sobre la propia vida, sobre la propia muerte, sobre nuestra concepción de la dignidad y sobre las de nuestros seres más queridos, ya que podemos vernos obligados a tomar determinadas decisiones que les atañen. Claro que también podemos hacer trampas esgrimiendo argumentos puramente racionales o adscribiéndonos a sistemas de pensamiento (ideologías o religiones) que resuelvan el problema por nosotros.

Hablar sobre la muerte nunca resulta fácil, y mucho menos decidir. Su concepto está envuelto en una malla de tabúes y prejuicios que dificultan el diálogo. A veces, sólo pensar en ella ya produce un temor irracional.

Si tenemos la suerte de que la muerte no se presente prematuramente en nuestras vidas, el miedo puede mantener su idea lejos de nosotros durante un tiempo. No pensamos, no decidimos, no nos formamos una opinión, pero a cambio nos hacemos vulnerables. Cuando no se sabe qué hacer en una situación que es nueva, dolorosa y en la que nunca se ha querido pensar, es fácil sentirse indefenso y manipulable.

En otra época éramos candidatos a ser manipulados por la administración religiosa (el alma pertenecía a Dios), aunque hoy es más probable que lo seamos por la administración sanitaria (¿a quién pertenece el cuerpo cuando ingresamos en un hospital?). Morir hoy no es igual en España, Italia o Suecia. Por ello hay que insistir en nuestra responsabilidad individual, sólo sin la cual podemos ser manipulados. A pesar de las diferencias legales de nuestro entorno, si todos los ciudadanos dejáramos claro cómo queremos ser tratados al final de nuestros días y qué hacer con nuestro cuerpo, ahorraríamos muchos problemas al Estado, pero sobre todo nuestros seres queridos.

Y es que aunque no pensemos en la muerte, un día, como otro cualquiera, nos visita y luego ya no deja de rondarnos. En esas visitas siempre se lleva a alguien querido, proporcionándonos la experiencia concreta del duelo. Cada cual vive ese proceso a su manera, pero casi todos hemos sufrido el dolor de la separación definitiva como una amputación, ese punto en que la vida todavía se resiste a la pérdida, en el que llora aferrándose a ella como si sufriendo pudiera retenerla, el periodo posterior en que la pena se remansa depositándose en fibras más íntimas del corazón y la ausencia se filtra en los huesos provocando una osteoporosis metafísica, que los médicos atribuyen cándidamente a la falta de calcio. El duelo nos transforma y nos enseña cosas sobre la vida, quizá nos prepara para la propia muerte, aunque sobre ella es difícil saber nada de antemano.

Concluido el proceso, podemos o podríamos hablar de la muerte sin tantos prejuicios, si nos quedaran ganas.

Por último, hay que enmarcar estas reflexiones en el contexto de la dignidad, ya que en su ausencia la vida y la muerte humanas carecen de sentido. La dignidad es lo más básico que tiene el ser humano, es el derecho más elemental de la humanidad. La dignidad se adquiere por el hecho mismo de nacer humano, pero podemos cultivarla y luchar por ella si intentan arrebatárnosla, algo que desgraciadamente también puede ocurrir en el último tramo de nuestra vida o de la de nuestros seres queridos. La dignidad implica la inviolabilidad del cuerpo, lo que excluye intervenir sobre él sin consentimiento, y de la mente, que excluye la manipulación. También posee un elemento subjetivo que la ley ha de salvaguardar: las personas pueden dar un significado diferente a la dignidad de su vida y de su muerte.

¿Quién puede decidir sobre un asunto así si no es uno mismo? La ley tiene que limitarse a garantizar que cada uno -cuando hay voluntad expresa- y su familia -cuando no la haya- decida la forma más adecuada, más digna, de irse de este mundo y de acompañar esa partida, con todo el asesoramiento médico, psicológico, religioso que se quiera, pero sin sustituir a los protagonistas. Subrayo la palabra protagonistas.

El espectáculo del sufrimiento de la familia de Eluana Englaro en los medios de comunicación con la subasta de opiniones en contra y a favor atenta contra todo: la dignidad laica y la caridad cristiana.

Para unos el último acto puede consistir en arrepentirse de sus culpas en la intimidad o ante un sacerdote soportando estoicamente el dolor, mientras que otros preferirán despedirse placidamente ahorrando sufrimientos a uno mismo y a los demás. Tristemente a algunos les tocará decidir sobre el final de un ser querido, algo que sólo debería merecer solidaridad y compasión o, al menos, respeto y silencio.

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