Las dos orillas

José Joaquín León

De la Expo al A400M

ES evidente que en Sevilla los grandes proyectos funcionan mucho mejor que los pequeños. Cuando los canónigos dijeron aquello tan manido de "hagamos una Catedral tal que nos tomen por locos", la más grande, la mejor, estaban poniendo su primera piedra para hacer las cosas al modo hispalense. Es más fácil tener el primer AVE de España para ir a Madrid (y que vengan los madrileños) que viajar en un Metro de andar por casa, como el que prometieron hace 30 años. En Valencia, la tercera ciudad de España, aún esperan un AVE como el de Sevilla, mientras aquí no hay un Metro como el valenciano.

Lo pensaba, una vez más, viendo la Expo Zaragoza 2008. ¿Qué es la Expo Zaragoza? Una imitación, a modo de hermana menor, de la Expo 92. Con la excusa del agua, se ha repetido el esquema de hace 16 años en Sevilla, donde también hubo pabellones con agua y hasta con hielo, como el de Chile. Veías a don Juan Carlos en el Pabellón de España y parecía que se paraba el tiempo. El merecido homenaje que recibió Manuel Olivencia recientemente en Sevilla, por su trayectoria profesional, se debió celebrar en Zaragoza, no porque tenga vínculos aragoneses, sino porque fue el primer comisario de la Expo 92, la madre y maestra de las exposiciones.

Sevilla apuesta por lo solemne y además se queja. ¿Se imaginan si en vísperas de la inauguración se desborda el río Guadalquivir y hay que cambiar el espectáculo? La culpa de las lluvias hubiera sido de Jacinto Pellón, sin ningún género de dudas, o del gran gafe socialista innombrable que ustedes recordarán. Con sus defectos, la Expo 92 fue la mejor y creó escuela, hasta el punto de que en Zaragoza han repetido los esquemas, con espectáculos de calle parecidos, con fuegos similares, con pabellones asemejados y con una programación de espectáculos que ya quisieran, porque no verán ni a la Filarmónica de Berlín, ni a la de Viena, entre otras.

Después volvieron los recelos de Cartuja 93, con otro ciclo de impaciencia e incredulidad. Una vez frustrado el sueño olímpico, llegó otro gran proyecto: Aerópolis, el parque aeronáutico, con un nombre que igual sirve para una discoteca, una librería, o una promoción de viviendas. Pues bien, este Aerópolis, que nació con el escepticismo habitual de tomarlos por locos, se está consolidando al calor de la industria aeronáutica, pese a la ralentización de los proyectos y el precio del petróleo.

El rey Juan Carlos ha venido, dos días después de celebrar su onomástica en la Expo Zaragoza, para el bautizo -solemne, por supuesto- del A400M, que sitúa a Sevilla en la elite mundial de la aeronáutica. Otro éxito puntero. Y mientras los vecinos de Nervión, el Prado y la Alameda protestaban contra el Ayuntamiento.

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