Sine die

Ismael / Yebra

Extraño en casa

SOY un bicho raro. Al menos para los tiempos que corren. Haber nacido en una calle del centro de mi ciudad, tener el trabajo en la calle perpendicular a mi casa natal y vivir en una paralela no son frecuentes en la actualidad. Mi vida se desarrolla en cincuenta metros a la redonda. No preciso para nada del coche, ni siquiera de los transportes públicos, para la vida cotidiana. Me abastezco de las tiendas de los alrededores y hace años que no piso alguna de las denominadas grandes superficies y, si alguna vez lo he hecho, ha sido por pura curiosidad.

Comprendo y admito que soy una rara avis, una especie en extinción digna de un programa de atención, por qué no, similar al del oso pardo, la foca monje o el lince ibérico. Pero como estos movimientos todavía no se han interesado por el ser humano, no puedo beneficiarme de campañas de protección ni de beneficios económicos que me permitan seguir llevando adelante mi vida de una forma sostenible. Como bicho raro que soy, levanto la voz reclamando mis derechos a favor de la biodiversidad.

Como ser en extinción debería resultar atractivo para la comunidad científica y estoy pidiendo a voces un estudio antropológico, tal vez un trabajo fin de grado, acerca de mi peculiar forma de vida. Pero nadie se ha interesado por mí. Los fondos europeos de ayuda a la investigación y las fundaciones implicadas en cuestiones antropológicas y sociales no han puesto la vista, y sobre todo el dinero, en ello.

Durante el día asisto al trasiego de estudiantes camino de un centro de estudios cercano. Erasmus y erasmas no dejan de pasar vociferando, mezclándose con grupos de turistas que hacen la ruta de la catedral a la Casa de Pilatos, parándose en la esquina de mi calle para que les cuenten la historia de la cabeza del rey Don Pedro y la leyenda del candilejo, cuando no los devaneos de Carmen con algún soldado francés por alguno de los callejones de los alrededores. Llega la noche y en las tabernas clásicas es imposible encontrar una mesa vacía. Todo está lleno de extranjeros. Incluso hay bares que parecen vetados a los parroquianos y sus cartas están en inglés. Los que en su país llevarían ya dos o tres horas de sueño, ocupan los bancos de la plaza e intentan llevar lo que consideran forma de vivir al hispánico modo. Tengo la impresión de que estoy de más en mi lugar de nacimiento, de que soy un extraño en mi propia casa.

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