La esquina

josé / aguilar

Factores para la duda electoral

DE las encuestas preelectorales hechas a una semana escasa de las elecciones conviene no fiarse nunca. Lo sabe muy bien Javier Arenas, que vendió la piel del oso antes de cazarlo en las andaluzas de 2012, y todos, pero todos, todos, los que opinamos profesionalmente en Andalucía sobre la cosa pública. Lo único que se discutía entonces en el PP y entre los opinadores era a cuánto ascendería la mayoría absoluta de los populares.

Pasó lo que pasó: gran fracaso de los pronosticadores y enorme decepción del partido que venía de ganar las elecciones generales y las municipales en esta comunidad autónoma. Ninguno tuvo en cuenta lo suficiente el daño que los recortes y la reforma laboral de Rajoy estaban infligiendo a las expectativas de voto del PP andaluz ni el efecto anestesiante y desmovilizador que esta ilusión de ganar con la gorra, sin bajarse del autobús, acabó produciendo en el cómodo electorado de centroderecha.

Ahora, en la antesala del 25-M, las encuestas coinciden y reinciden: todas auguran la victoria del PP en las elecciones al Parlamento Europeo, unas por la mínima y otras por un margen tan amplio como para magnificar el significado político de los resultados. La experiencia aconseja, pues, vacunarse contra la unanimidad y la rotundidad demoscópicas y fijarse en aquellos factores que están en condiciones de desautorizar los pronósticos.

Uno de ellos es la singularidad de estas elecciones, en las que los españoles se juegan mucho pero piensan que no se lo juegan. Es difícil sacarlos de la convicción de que pueden castigar a los gobernantes sin apearlos del poder. Otro, que la desafección hacia la política se dirige habitualmente contra los grandes partidos y activa la tentación de premiar a los pequeños, beneficiados también por que son los únicos comicios nacionales con una circunscripción única, en los que no hay restos que se pierdan a favor de los mayoritarios. Uno más, que se desconoce si el propio triunfo anunciado del PP actuará como revulsivo para aglutinar el voto progresista en torno al PSOE o como catalizador del voto moderado en confortable auxilio del vencedor.

Finalmente, si la elección resultara reñida, no habría que desatender las consecuencias del error estrepitoso del candidato popular, Miguel Arias, disparándose al pie con una saña que Valenciano no podría ni soñar.

Y está el tiempo. ¿Lluvia o sol y playa?

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