Visto y Oído

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Fantasmilla

ANA Rosa e Íker Jiménez son los cazafantasmas de Telecinco, la cadena que más vida ha dado a los espectros durante todos estos años. Ahora los fantasmas no sólo participan en Mujeres y hombres y viceversa sino que también se han instalado en El don de Alba, que se estrenaba anoche contra Gran Hotel. Una serie en prime time de alma infantil e invocada para todos los públicos. El sello Disney viene a exorcizar cualquier duda porque, efectivamente, estamos ante una ficción que se desborda sin complejos hacia lo naif y lo merengoso. Un ataúd blanco que da inquietud pero no terror, como de cuento de Anne Germain y respiraciones de Jordi Sánchez.

El piloto, con todas las presentaciones de rigor, y remontándose al pasado infantil de iphone postmortem de la protagonista, se desarrolló con espíritu cansino, a veces desesperante, trasladando la vida al óleo de ese idílico pueblo donde se refugia Alba, la angelical Patricia Montero. Y allí se encuentra con el chico guapo, con un Martiño Rivas que se irá convirtiendo en ese amor melifluo que deambulará cada semana. Y un malo que promete para esa audiencia ingenua que va a aceptar estas historias de fantasmas con piercings y tienda de antigüedades rococó al fondo. Del primer capítulo nos quedamos con la madre de la fantasma, Blanca Apilanez, a la que estamos deseando ver de nuevo como Encarna Sánchez para divertirnos como malísima.

El don de Alba, nos tememos, va a aburrir tanto como Belén Esteban, una chica con pocos dones que agradecer. Nueva espantada de aspavientos de la de San Blas. En el más allá se deben de estar riendo de todos nosotros.

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