Visto y oído

Antonio / Sempere

Fiesta

MIENTRAS el periodismo deportivo, a pesar de las tropelías que se cometen a diario, avanza a ritmo acompasado, es hora de reivindicar el periodismo festero. Asociado a anacrónicos cronistas cuyo relevo toman, como si eso fuese fácil, los becarios de turno. Durante los últimos diez años seguí la Cremá de las Hogueras de Alicante en la noche del 24 de junio a través de la televisión, por la TVV. Les aseguro que, a pie de calle, y en vivo y en directo, el panorama tiene muy poco que ver con lo que ofrecen las cámaras. Vamos, que mientras se encargan de cubrir el acto oficial, se les escapa cruda la vida.

La noche alicantina fue, ante todo, banya. Una multitud pidiendo agua. Todos los púberes y no tan púberes de la ciudad y alrededores calados hasta los huesos por unos bomberos muy entregados a la causa. Lo que los Manuel Vicent de turno podrían narrar partiendo de premisas tan erotizantes. Imaginen un concurso discotequero de una miss o un míster camiseta mojada. En la calle. En ochenta distritos a la vez. Universitarios Erasmus y bachilleres, turistas alemanes e inmigrantes magrebíes y ecuatorianos integrados en la población. Familias al completo procedentes de otros lugares que dejan en el coche la ropa seca para cambiarse después del ritual.

La tele mentirosa no contó nada de todo eso que vieron mis ojos. Me mojé. Me bauticé. Pedí los deseos de rigor. Mientras los presentadores con corbata contaban lo de siempre, y una música enlatada impedía escuchar el sonido directo de esas miles de gargantas que rugían pidiendo agua. Con idéntico énfasis con el que hoy entonarán el a por ellos. Urge instituir la cátedra de Periodismo Festero. Están las antropologías. Pero, con honrosas excepciones, en muchas crónicas predomina el tópico que nada aporta, cuando hay tanto que contar.

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