Visto y oído

Antonio Sempere

Fiestas

COINCIDEN en el tiempo la Fiesta del Cine, la nacional, aquella que da ocasión a los espectadores de toda España de asistir a las salas por dos euros;, con otra fiesta del cine particular, aquella que tiene lugar en Valladolid y que lleva la marca de la Seminci desde hace ya 57 años. Alegrémonos de que exista la primera, pero ponderemos en su justa medida la segunda, la vallisoletana. No deja de ser un motivo de celebración que todavía hoy, con lo que han cambiado los usos y costumbres, los aficionados de una ciudad como Valladolid se apresten a hacer colas, a agotar abonos y entradas para ver un tipo de cine difícil y esforzado. Es emocionante, de verdad, apreciar la fidelidad con la que se sigue la sección oficial desde primera hora de la mañana. Con qué fe se peinan también las secciones paralelas. Asistir a Valladolid es constatar de verdad que la celebración del cine está viva. Constatando que el mejor cine, el que se aleja de los postulados comerciales, ese que llaman de autor, también se mantiene vivo. La fiesta del cine vallisoletano dará el testigo a Sevilla, que por unos días también vivirá esa experiencia insólita de ver las salas llenas, las colas y el ritual de los espectadores que enlazan hasta tres o cuatro títulos cada día.

En paralelo, recordamos, está la Fiesta del Cine. La que intenta animar las salas convencionales. Qué tiempos aquellos, en los primeros años, cuando la convocaban en pleno mes de junio, en el momento en que la taquilla caía en picado, para que no se resintieran las cifras de las temporadas fuertes del año, del otoño ni de las Navidades. Ahora no hay que empujar hasta en octubre, que el panorama pinta mal, y todo esfuerzo es poco.

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