tribuna

Jaime Martínez Montero

Fin de curso y suspensos

ACABA el curso y llegan las calificaciones finales. Las notas son muy importantes, y su análisis se convierte en una necesidad. ¿Por qué? Porque son la forma institucionalizada a través de la cual los profesores juzgan la adecuación de las disposiciones de los alumnos al currículum establecido. Tal juicio lo hacen como mediadores (y en parte elaboradores) entre éste y los alumnos. El juicio podrá ser ajustado o desajustado, habrá tenido en cuenta unos u otros factores, pero es la forma más solemne y trascendente con la que se pronuncian los docentes. Ninguno de ellos dirá que emite la calificación con frivolidad, o no habiendo meditado profundamente la misma.

O sea, que son algo serio. Los resultados de las evaluaciones tienen una gran importancia para los alumnos y sus familias. La evaluación final es, por así decirlo, la primera rendición de cuentas, en serio, que hace el niño a sus padres. El alumno tal vez no, pero sus padres bien saben la indudable influencia que van a tener en la vida de sus hijos. Además de lo anterior, las calificaciones son los predictores oficiales del rendimiento que pueden alcanzar los estudiantes en los cursos o niveles posteriores. Un nueve de nota final no sólo indica que el alumno ha aprovechado excelentemente el curso, sino que cuenta con los mejores augurios para los estudios que vaya a emprender.

Por la tremenda importancia que tienen las notas se echan de menos estudios que dibujaran un mapa comprensivo de las mismas. Sabemos que hay profundas desigualdades entre unos y otros institutos, entre unos y otros municipios. El mapa de los datos parece desmentir el reparto aleatorio de los dones y capacidades. Porque si creemos en ese reparto aleatorio, ¿cómo se explican entonces las enormes diferencias que se dan en las calificaciones entre institutos en la misma localidad y, a veces, entre los mismos grupos de un mismo instituto?

Lo más grave es el elevado número de estudiantes que no obtendrán el título de Graduado en ESO. Un alumno sin el título tiene todas las papeletas para formar parte de una clase social en situación de marginación permanente. De la misma manera que hoy no se soportaría que los niños tuvieran problemas graves de desarrollo físico debido a malas condiciones higiénicas o de alimentación, tampoco se debería soportar que los adolescentes salieran de los institutos, después de más de diez años de escuela, mal leyendo y peor escribiendo, con escasas posibilidades de integrarse satisfactoriamente en la sociedad, sin adquirir unos hábitos de convivencia deseables, con actitudes contrarias a valores culturales de cuya promoción la sociedad ha encargado a la institución escolar.

Como bien señala Hegarty, los centros y los profesores difieren en niveles de calidad y en lo bien que satisfacen las necesidades de los alumnos. Esto es muy evidente y está muy arraigado dentro de la experiencia común de la sociedad. Por otro lado, el sistema escolar absorbe en mayor medida más recursos y esfuerzos para conseguir sus fines. Los estudios sobre las calificaciones podrían brindar las primeras pistas para intentar ver en qué medida el incremento de recursos y esfuerzos produce los efectos para los cuales se han implementado más medios. Si, como se dice, la escuela es la mejor inversión que puede hacer la sociedad en la preparación de sus más jóvenes miembros, esa sociedad tiene el derecho y el deber de verificar que esa inversión se emplea adecuadamente y produce los beneficios que justifican su existencia. El pensador y analista ya citado es bastante rotundo al respecto: "Sin controlar el rendimiento de las escuelas no es posible conocer con claridad qué escuelas van por el buen camino y cuáles lo están haciendo mal, qué escuelas necesitan apoyo y cuáles medidas drásticas".

No hablo, claro, de obviar los contextos. Un centro se puede comparar consigo mismo, y ver qué evolución sigue a lo largo de los cursos. Hablaremos así de un centro con incremento o decremento de su eficacia. También los centros pueden estudiarse en relación exclusivamente con aquellos que tienen sus mismas o muy parecidas características. O, como señala Rodríguez Tabaré, "se puede ver en qué modo alcanzan logros significativos los alumnos del centro en función de su origen social. Así, se puede determinar cuáles son los alumnos perdedores o herederos (alumnos de clase social favorecida que o bien obtienen malos resultados o buenos), y, en lo que se refiere a los alumnos de clase social desfavorecida, quiénes son previsibles (obtienen malos resultados, como se espera) y quiénes mutantes (obtienen buenos resultados, contra lo que era de esperar). Un centro escolar que genera previsibles o herederos es simplemente un centro reproductor. El centro ineficaz es el que genera perdedores. El centro eficaz, que cumple con su función social, es el que alumbra alumnos mutantes. Por cierto, ¿cuántos centros de cada clase tendremos?

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