la tribuna

Abel Veiga Copo

Fin del republicanismo

HA querido marcar los tempos de la política, de su vida pública, pero no ha sido libre para hacerlo. De haberlo sido ya hubiera hecho pública esta decisión mucho antes, tal vez antes incluso que la crisis y la deficiente gestión, no pocas veces a remolque, torpe y parcial, le hubiera erosionado casi tanto o más que al primer presidente democrático de esta etapa de la vida política española, Adolfo Suárez. El presidente ha perdido hace mucho tiempo la iniciativa política, la gestión y la función gubernamental. A él corresponde imprimir ese carácter, no a la oposición. De facto bastante desorientada sus primeros cuatro años y martilleante e indomable sin margen al oxígeno los últimos dos años.

Se acaba la incertidumbre, mal generada por el propio presidente del Gobierno en un halo de jugar con las circunstancias y tomar lo más tarde posible su decisión. Decir ahora que es una decisión que ya en 2004 tenía tomada no es creíble del todo. Pero no es un pato cojo, como le sucede al presidente norteamericano cuando atraviesa el ecuador de su segunda legislatura.

Se acaba una forma de liderazgo ultrapersonal y presidencialista. Anatematizadora de lo orgánico y del propio partido. Zapatero laminó toda discrepancia ideológica, y gobernó más allá de las ideas, basándose en un republicanismo cívico mal construido, peor hilvanado y nunca justificado ni explicado a la opinión pública, la misma que le ha ido poco a poco dejando de lado y culpándolo casi exclusivamente de todos los males que asolan a este país.

Las ansias, la ambición, la zancadilla y la disputa visceral es posible que se abran paso en la siempre compleja y convulsa Ejecutiva socialista. Harán mal si airean demasiados trapos y se lanzan a unas primarias a cara de perro. Necesitan dos tipos de candidatos, el que se enfrente a la derrota en las urnas en marzo de 2012, que todos dan por cierta y segura, no así en su alcance, y el candidato que gestione esa derrota y enhebre un partido roto, sin liderazgo ni carismas, necesitado de reformas y de renovaciones más allá de la que supuso el propio zapaterismo en 2002.

El partido está abierto, cruje y las tensiones entre las distintas federaciones y sobre todo dentro de las mismas no es un secreto. Al contrario. El presidente dejará la secretaría general y dejará todo puesto en la Ejecutiva socialista, es ley de partido, también de vida y de evitar la opacidad y la contradicción con quien le releve. Pero esa es otra partitura. Por el momento nada avizora que no acabe la legislatura. Debe hacerlo. Se equivocan los populares exigiendo elecciones anticipadas. Tampoco ellos las quieren, no están preparados, no tienen programa real y necesitan que el Gobierno de Zapatero adopte e implemente medidas aún más drásticas y mal acogidas por la sociedad.

La desafección popular, pero también dentro del propio partido, incluido el nerviosismo egoísta y cínico de sus barones territoriales, los nuevos, dado que los tradicionales han sido barridos como un vendaval por el zapaterismo (Rodríguez Ibarra, Bono, Maragall, Touriño, incluso el propio Chaves y un Areces en retirada), ha pasado factura a un presidente enigmático e incluso contradictorio en lo personal y lo político. Es difícil siete años después saber siquiera cómo piensa este presidente. Es impredecible, cambiante, desconfiado. No lo ha tenido fácil en esta segunda legislatura, no se lo puso fácil una oposición dolida y desafiante, ofuscada en el atentado del 11 de marzo y perdida en luchas internas, pero revalidar su mayoría en 2008 le allanaba el camino para una tercera legislatura que él sí creía posible.

La gravedad de sus errores, el disimulo y la media verdad, cuando no mentira y ocultamiento de la crisis, los casi cinco millones de parados y el rumbo errático y sin sentido de dos años perdidos, han doblado el árbol. Esa es la realidad, la de la deriva. Rodríguez Zapatero hizo de los valores cívicos, de ese republicanismo amable pero sin contenido, el eje de su gobierno. Y los primeros vientos de la crisis, los han borrado de un plumazo. Los viejos discursos socialistas ni siquiera prenden en los mismos socialistas. Reinventarse o morir, esa es la encrucijada. No apelar a lo rancio, ni al clasismo, pero sí estar más cerca de los ciudadanos.

El poder sí le cambió, vaya si le cambió, a pesar de que nos aseguraba aquella noche de 14 de marzo de 2004 que no lo haría. El desgaste ha sido tremendo, pero ha decidido bien marchándose dentro de un año. Y lo ha escenificado sin dramatismo y sin aspavientos, sin demagogias ni alharacas intrascendentes. Lo triste es que en esta democracia nuestra, tan peculiar, ningún presidente se marcha bien de la Moncloa, al contrario. Pero a partir de ahora ninguno estará más de ocho años. La costumbre también es norma.

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